LA NEUROSIS


Vas en tu coche. Es compacto, para que no use mucho espacio, porque eres un ciudadano consciente (y además porque así no gastas tanta gasolina). Es de modelo reciente, o sea que como tu matrimonio, lo sigues pagando. Ya lo verificaste y acabas de pagar el refrendo, que es lo mismo que pagar tenencia, pero le cambiaron el nombre para que pienses que el PRD es buena onda. Y ya pagaste verificación. Ya pagaste el trámite para obtener el nuevo tarjetón con chip. Ya pagaste la gasolina cara. Ya pagaste la mensualidad de la pensión (porque este gobierno no puede garantizar la integridad de tu auto si lo dejas en la vía pública). Ya pagaste parquímetros. Ya pagaste fotomultas. Ya pagaste corralón. YA PAGASTE TODO, y aún así no puedes circular. No importa cuánto dinero te saque el gobierno, aquí ya no se puede circular porque hay un tráfico como el de… ¿Estambul? ¿Tokio? ¿Singapur? … ¡NO!  ¡Como el de la Ciudad de México! Porque ocupamos el segundo lugar en el ranking mundial de ciudades saturadas de automóviles. Pero lo que no has pagado es el derecho de estallar.

El automovilista de atrás (un taxista, para variar) te toca el claxon cada vez que te retrasas .0004 milisegundos en avanzar. Tu paciencia se agota.

De pronto –¡QUÉ SUSTO!– un niño de la calle más drogado que Vicente Fox se arroja contra tu parabrisas y se pone a limpiarlo. Mientras le dices que “no”, otro de su banda comienza a limpiar tu vidrio de atrás. Ya son dos. Y el de allá, que no hace nada, pero te vigila. Venir distraído te costó  5 pesos.

El taxista toca. Tu nivel de neurosis aumenta. El taxista toca. La señora disfrazada de pollo te mira feo porque no le das dinero. El pesero se pone a “hacer base” enfrente de ti. El taxista toca. ¿Por qué no avanza la fila? No hay razón alguna, excepto, claro, que ya no caben más carros. Las avenidas están saturadas. Te das cuenta de la realidad: ya no caben los carros, y para colmo, entre más aumenta el número de carros, el querido PRD decide quitarle carriles para destinarlos al metrobús. No importa que hace 20 minutos que no pase ningún maldito Metrobús, el carril ya está confinado.trafic

Los únicos que avanzan son los ciclistas, disfrutando impunemente del carril confinado. A ellos nadie los multa. Piensas: ¿Quién les dio el derecho de ir libres por la calle? ¿Por qué no pagan impuestos, ni mordidas, ni estacionamiento, ni gasolina, ni viene-viene, ni verificación, ni NADA? ¿Por qué van más rápido que tú? ¿Por qué no van apachurrados en el pesero? ¿Por qué van más rápido que tú, si su vehículo apenas cuenta una pequeña fracción de lo que cuesta un carro? ¡¿POR QUÉ LA VIDA NO ES JUSTA PARA LOS AUTOMOVILISTAS?!

El taxista toca. Tu paciencia se agotó. Ya, que el mundo sienta tu furia. Estallas. Te bajas empuñando el bastón antirrobos y le gritas al viejito del Tsuru destartalado pintado de Hello Kitty el peor insulto que se te ocurre: “¡Patán! ¡¿Qué no ves que no hay para dónde moverse?!”.

El viejito se ríe de ti. Te toca el claxon. No te cree un rival peligroso. Humillado, con el hígado petrificado, regresas a tu escondite motorizado. Ves que pasa un grupo de ciclistas por el carril exclusivo del Metrobús. Van felices, tranquilos, ligeros, ajenos a la neurosis de los automovilistas. Por primera vez, después de 30 años de ver cómo empeora el tráfico en la Ciudad de México se te ocurre una buena idea que podría ahorrarte tanta neurosis y de paso miles de hora de tu valioso tiempo: “¿Y si mañana me voy al trabajo en bicicleta?”.

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