ALIMENTO PARA TARÁNTULAS


Al fin, debajo de una piedra aparece una cochinilla. Qué suerte, es la más grande que ha encontrado hoy. Los dedos largos, finos y suaves de Hitoshi persiguen al bichito, que trata de cavar para salvarse. Los dedos blancos logran sujetar al animal, que se protege convirtiéndose en una esfera impenetrable. Con delicadeza, Hitoshi deposita al pequeño crustáceo terrestre en la cajita de plástico. La cierra. Ya ha recolectado siete, pero la mayoría son pequeñas. Le hace falta una cochinilla realmente grande. Kebukai, su tarántula, sólo puede cazar cochinillas grandes, las pequeñas se le escapan.

Kebukai merece todo este trabajo. Las tarántulas son muy valiosas, pueden alcanzar precios realmente altos.

En cuclillas, Hitoshi imagina que su mano es un inmenso robot que caza esos bichitos con despiadada eficacia. Las cochinillas huyen de la máquina monstruosa que las llevará a morir por el veneno de Kebukai. Hitoshi se escapa así de su realidad. En lugar de llegar directamente a su minúscula vivienda, de vez en cuando se pierde entre los sembradíos. De cualquier forma su padre no está, regresa de la refinadora de uranio alrededor de las diez de la noche.

El niño de nueve años se encuentra en el borde más alejado de la cúpula D-19. Para llegar hasta acá tuvo que caminar mucho. Es mejor aquí, no hay vigilancia y puede conseguir alimento para su mascota con toda tranquilidad. Los agrobiólogos que diseñaron el terreno cultivable de las cúpulas verdes consideraron traer cierta microfauna del suelo para que degradaran la materia orgánica y convertirla en una sustancia más nutritiva para los vegetales. En ese momento Hitoshi se dio cuenta de que es una suerte increíble que haya cochinillas en Marte.

Los habitantes de la Tierra votaron por un para Marte. De esta manera, al contrario de lo que sucedió antes con las colonias de las potencias europeas durante el siglo XIX, el planeta azul le otorgaba la libertad al planeta rojo. Marte no pidió la libertad. Marte no quería ser libre. Marte no podía ser libre. La colonia roja era un costoso apéndice que se creó en una época de abundancia y relativa estabilidad global. Ahora, que la crisis había cumplido su promesa de regresar más fuerte que nunca, Marte era visto como un ancla, un cáncer, pues era una máquina de consumir recursos que no daba casi nada a cambio.

En la Tierra, cualquier poblado del Tercer Mundo supera fácilmente los 20 mil habitantes, pero en Marte, era increíblemente costoso mantener la colonia de apenas 4,822 personas, así que se les otorgaba la libertad para responsabilizarse de sí mismos.

–¡Qué estupidez!– opinó el doctor Makoto Tauchi cuando la noticia llegó a todos los dispositivos informáticos en la planta refinadora de uranio. Todos estaban trabajando, pero muy  pendientes del resultado del plebiscito –¡¿Cómo se supone que vamos a vivir sin los recursos que nos llegan “de abajo”?!.

La opinión del Director de RedUranium era válida. Marte dependía de  la Tierra hasta para tener agua fresca, pues por más que la reciclaran ésta se iba perdiendo poco a poco. El agua propia del planeta se encontraba congelada en uno de sus polos, muy lejos de la zona donde estaban los minerales que les interesaban. Se pensó que las naves podrían llevar este líquido en su viaje de ida y regresar cargadas de metales. Era un gran plan, hasta que todo se complicó. Ahora los rojos necesitaban desesperadamente recursos para sobrevivir, porque la recesión terrícola descarriló el comercio entre ambos mundos.

Pero había uranio. Mucho. La Tierra necesitaba uranio y lo seguía comprando. Makoto sentía la obligación de trabajar hasta el límite de sus fuerzas porque el mineral purificado era canjeado por cosas tan básicas como ropa o medicamentos. Por eso los trabajadores de la planta eran tratados con ciertos privilegios. Así fue como Hitoshi obtuvo su tarántula.

El niño vio desde su cápsula la llegada del “gusano”, un transporte parecido a un tren. Ocurría muy lejos, pero como nada se movía afuera, era fácil darse cuenta. Su reloj indicaba las 09:57 de la noche, pero en esta época del año siempre es de día. Una locura. Entre una nube de fino polvo rojo, el vehículo que traía a los trabajadores de la planta detuvo sus 24 ruedas frente al muelle. El túnel plegable llegó hasta la escotilla del transporte. Bajó gente, subió gente. El gusano se volvió a perder en el deprimente paisaje rojizo.

Poco después llegó su papá. Se abrazaron. Sólo ahí, con su hijo, Makoto se despojaba de su armadura y se permitía sentir algo.

Cochinillas. Esta vez Hitoshi también iba con la idea de recolectar ramas y alguna roca interesante para darle un aspecto más natural al terrario de Kebukai.

Fue entonces que la presión descontrolada del compresor de aire provocó la explosión de uno de los filtros. El niño estaba demasiado cerca. No se pudo hacer nada. Cuando el equipo de protección llegó al lugar, Hitoshi estaba muerto.

Tres días después se realizó el sepelio.

Había mucha gente, pero nadie quería estar en el ritual fúnebre, acompañando a Makoto, que era un jefe seco, duro y exigente. Antes no era así, su trabajo lo fue transformando en un humano mecanizado. Su familia se quedó toda en Japón e Izumi, su esposa, no aguantó más y después de seis años marcianos, regresó a la Tierra, pero dejó al niño que nació allá para iniciar una vida nueva en su planeta. Makoto y su hijo formaron una pequeña familia. Así pasaron los años.

Durante el funeral, Abraham Tabarra, recién convertido en presidente de Marte, abrazó a Makoto, quien sintió el mismo abrazo de protocolo que cuando fue ratificado como Director de la planta. Era todo un montaje. Nadie ahí era un amigo verdadero ni sentía especialmente la muerte de Hitoshi. Pero hubo algo. El nuevo presidente le dijo al oído: “Estamos haciendo hasta lo imposible para que recuperes a tu hijo”. Makoto no entendió y no quiso entender. No preguntó nada.

El ataúd, hecho de fibra vegetal comprimida, fue depositado dentro de una fosa en el bosque de la cúpula B-3. El bosque era una red de cúpulas que albergaba especies botánicas, especialmente árboles, cuyo fin principal era refrescar el ambiente hermético de la ciudad. Los cadáveres eran enterrados entre los árboles para que enriquecieran el suelo. Servían de abono. No podían darse el lujo de desperdiciar nada. Al menos dejar el cadáver en un bosque tenía algo de poético.

El velorio y el entierro duraron poco. Nadie quería estar ahí.

Ade lpho acompañó al Director de la planta hasta su casa. La puerta decía “Nuevo Japón” escrito con caligrafía infantil. Un chiste privado entre él y su hijo.

–Señor ¿necesita algo más?– preguntó el asistente personal antes de que su jefe abriera la puerta.

–En tres días… no me presentaré a trabajar. Da aviso.

–Por supuesto. Entonces… Me retiro… Y nuevamente: lamento mucho su pérdida. Hitoshi era un niño querido por todos.

–Gracias. Gracias.

Adelpho se retiró caminando despacio. Por fin se quedó solo frente a su casa. El pasillo estaba vacío. Posó su pulgar sobre el lector. El cerrojo magnético se desactivó. La puerta se abrió hacia adentro.

El interior de su pequeño departamento estaba en silencio. Todo estaba en silencio. Fue por un vaso, le puso hielo y se sirvió whiskey. No solía beber. Era difícil importar licor, y siendo una sustancia tan controlada finalmente todos terminaban por saber cuánto bebía cada quien. Además, no se suponía que el Director de una planta que purifica uranio guste de embriagarse. Pero principalmente, no quería que su hijo lo viera bebiendo.

Pero ahora… Se sirvió el doble de lo que hubiera hecho normalmente. Cuatro dedos. Extrañó tener vasos de vidrio para este momento. Imposible en Marte. Todo era de plásticos y otros materiales sintéticos. Hasta los chichillos eran de un polímero de última generación. ¿Vidrio? ¿Cerámica? ¿Metal? Imposible.

Cuando salió de la cocina lo vio.

Estaba sentado en el sofá, mirándolo.

El sobresalto lo hizo tirar el vaso. En segundos sintió la cabeza pesada al tiempo que el piso dejó de sostenerlo. Se sentó en el tapete previendo el inminente desmayo.

Tardó ocho segundos eternos en darse cuenta de que se trataba de un robot. Una copia de Hitoshi.

–¡Hijos de putaaaa!– gimió el hombre ante la mirada inexpresiva del robot –¡¡Quieren darme una máquina a cambio de mi amado hijo!!

Tantas emociones. De rodillas, sintió que se le congestionaba el rostro. Tantas emociones acumuladas. Tanto odio. Tanta tristeza. Hitoshi murió porque de “abajo” ya no llegaban refacciones para el compresor de aire, y pese a ello se seguía usando a su máxima capacidad, hasta que uno de los filtros voló. La humanidad completa era culpable de la muerte de un niño hermoso. Hermoso en todos los sentidos posibles. Era sólo un niñito.

El señor Makoto Tauchi al fin lloró.

Su dolor, como una ola enorme lo había atrapado en el fondo helado de su tristeza, impidiéndole salir siquiera a respirar. El llanto lo ahogaba por momentos. Un dolor insoportable. Insoportable. Regresó a la cocina. Un dolor insoportable. Tomó el cuchillo más grande. Un dolor insoportable. Puso el brazo sobre la mesa. Un dolor insoportable. Cortar las venas para dejar que la sangre escapara. Sí, eso detendría el dolor. Levantó el cuchillo y con un grito rasgado lo dejó caer con toda su fuerza sobre su brazo desnudo.

Los dedos saltaron por el aire.

El bio-plástico no resistió la fuerza y el filo los hizo saltar. No hubo sangre.

Aterrado, Makoto creyó nuevamente que se trataba de su verdadero muchacho y se heló al pensar que le había cortado los dedos por accidente… Pero no… El robot saltó del sofá y metió la mano para que no se hiciera daño.

Aturdido, el hombre cayó. Hitoshi levantó sus propios dedos con la mano operativa. Los fotografió con sus ojos de máxima definición y su cerebro ordenó a la fábrica los remplazos necesarios.

Permaneció de pie junto al hombre, observándolo.

–No sé exactamente cómo era tu hijo– le dijo con una voz cálida e infantil –pero tengo bastante idea de cómo debe comportarse un verdadero niño de nueve años. Con el tiempo me iré pareciendo cada vez más a Hitoshi.

Makoto veía a su hijo. Sabía que era un engaño, pero él quería reconocerlo en el robot. Sus movimientos eran perfectos, sobre todo cuando tenía que expresar alguna emoción sólo con el rostro. Ver a su hijo le alivió el dolor momentáneamente. Confundido, abrazó al robot. Era perfecto, incluso tenía calor corporal.

Makoto sentía culpa al descubrir que poco a poco sustituía el recuerdo de su hijo con el robot, al que dedicaba cada vez más tiempo. Pasaba sus horas de sueño configurándolo para que fuera cada vez más parecido a Hitoshi. El día que el niño cibernético regresó con cochinillas para Kebukai, Makoto lo regañó; le dijo que era peligroso ir allá. Hitoshi le pidió que se tranquilizara, pues no se había acercado a los compresores de aire.

Cuando lo llevó al taller de robótica para que le pusieran unas nuevas piernas algo más largas, Makoto sintió nostalgia. Su robot estaba creciendo.

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