ACCESO RESTRINGIDO


Superficie hostil. Palabras sin sentido que aparecen en ella. La que teclea no alcanza a comprender cómo hacerlo. Una ventana se abre y pregunta el nombre del archivo. Martina responde, mas el cerebro lógico del computador se niega a darle entrada al Internet.

Dedos cortos. Uñas mordisqueadas que aún retienen su disfraz magenta que pretendió embellecerlas, pero que ahora resulta desagradable. El tac-tac-tac-tac que se desprende de sus movimientos es lo único que escucha en medio de su angustia. Intenta nuevamente entrar al archivo sin resultado. Mientras piensa una solución,  raspa la mugre que se ha pegado sobre el teclado, la hace bolita y la echa al piso.

ACCESO RESTRINGIDO. REINICIAR INSTALACIÓN aparece en la pantalla. Martina se inquieta. Voltea hacia sus compañeras en busca de ayuda, pero en el salón no hay nadie que responda a su mirar tenso. En el pizarrón se alcanzan a ver los comandos que el profesor no borró bien, pero no se entienden.

Sara Rodríguez se percata de que Martina no sabe, pero no le importa. Araceli Fernández está demasiado ocupada intentando recuperar el programa que borró sin querer. Josefa Carmona sólo mira por la ventana para ver si ya llegó su novio. Arleth Aguado está sacándose los mocos y los embarra bajo su silla. Olga Archundia pudo hacerlo, pero está muy lejos; y mientras busca a quien copiarle, Martina tiene una breve iluminación: Todas sus compañeras son iguales a ella, con ligeras diferencias, pero básicamente iguales; familias con historias parecidas, el mismo tipo de educación, mismas motivaciones, mismo futuro. Pero la  imagen es demasiado compleja como para sostenerla, se le va.

Con paso fanfarrón, el profesor se acerca a cada morena. Se siente un sabio por saber hacer algo que ellas aún no. Las toma de la mano, les acaricia el rostro, si puede, recarga su pene sobre el brazo de ellas. Él no ha tenido ninguna iluminación que le permita ver que él mismo es la versión masculina de esas chicas a las que intenta enseñarles computación. Viene del mismo lugar y aún no sabe que no podrá salir de ahí porque así lo determinan su color y la forma de su cuerpo. Mientras fracasa, goza del pequeño poder que de da el ser maestro en una academia de computación que opera clandestinamente sobornando a los inspectores.

Un nuevo intento y la pantalla queda en negro un momento antes de que comiencen a correr velozmente columnas de códigos místicos; por error logró entrar en el sistema operativo de la máquina. El profe se percata y se acerca rápidamente, ella, para cubrir su falla, (¡click!) apaga el aparato sin más.

–¡¿Pero qué hiciste, Martina?!

–Nada… Se puso así solita.

El hombrecillo le quita el lugar, reactiva la máquina y todo parece estar en orden… Por suerte no pasó nada.

–Lo que tú necesitas son clases particulares.

Martina no responde.

–Deberíamos vernos afuera para que te explique todo esto con calma.

Silencio.

–No sé, revisar tus fallas, ver en qué andas mal…

Ella sabe quedarse callada.

–Tienes la tarde libre? Yo salgo de aquí a las 6, vamos al cine.

–No– El monosílabo es seguido de un gesto de impaciencia. Él ya no insiste, le deja el lugar mientras en voz alta le da una serie de instrucciones para que pueda entrar al archivo, y se retira.

Anota la tarea, aunque no sabe para qué, si no tiene computadora en casa. Mete sus cosas en la mochila que le regaló un vecino que no ha vuelto a ver desde que la policía se lo llevó sin dar explicaciones.

Afuera, el sol vespertino lastima sus ojos negros. Brilla su cabello largo. Jóvenes que esperan a sus novias ríen en simiescas muecas; algunos esperan montados en sus bicicletas, otros recargados con el píe sobre la pared. Pasa frente a ellos y le dicen algo, pero no voltea ¿Qué ocurriría si un día les hiciera caso? No sabría qué hacer después. Camina hasta la esquina para tomar un pesero que la lleve donde salen los camiones que van a la ciudad.

Los barrios bravos quedan atrás. Se dedica a ver, a dejarse llevar.

Con la cabeza vibrando sobre la ventanilla, ve pasar las casas. Las construcciones y los negocios cambian. Los barrios van mejorando. En esta zona, los árboles son más verdes, la gente es diferente a la que generalmente ve; es más bonita, más brillante.

Letreros en inglés: Starbucks Coffee, Sony shop, Sport Bar, Sear´s… no entiende nada, pero le gusta caminar por los pasillos del mall. En su casa no hay mármol, en la escuela no hay mármol, aquí sí lo hay y disfruta al caminar sobre un piso tan costoso.

Mujeres de raza fina llevan bolsas llenas de las cosas que ella envidia. Son ricas y pueden tenerlas. Se conforma con ver y pensar que cosas tan caras lucirían mal en su casa.

Se sienta a mirar a la gente bonita. Ríen, sienten. Martina es su espectadora. Los admira y los odia. Su mirada humilde mariposea en todo lo que le llama la atención. Ahí venden televisores del tamaño de un sillón. Acá muebles tan caros que ni siquiera puede repetir mentalmente la cifra, ropa, computadoras… Allá dice “Examen gratuito de la vista”, se levanta a mirar los lentes. Entra. Una señorita rubia se prueba varios pares frente a un espejo mientras un vendedor ansioso intenta satisfacerla. Los modelos que más le gustan los va apartando. Martina mira. Imagina su rostro moreno con alguno de ellos en lo que la mujer blanca sigue pidiendo más. Hay tantos sobre el mostrador que parecen bichos. Martina toma uno para ver su reflejo. No lo consigue, amablemente el empleado se los quita de las manos y le pide que salga si no va a comprar. Nadie parece percatarse del insulto, ni ella.

De la óptica camina hasta llegar a una joyería que queda en el 2º piso. Entra unos pasos y recorre con la vista los aparadores cuajados de alhajas. Finalmente entra. De pronto, su mirada se deja atraer por un collar hecho con 200 perlas expuesto en la vitrina principal. Observa las esferitas plateadas pensando que el trabajo de 10 años de su padre no serviría para pagar algo así ¿Qué clase de persona se puede colgar el trabajo de 10 años de un albañil así nomás? ¿Quien les dio el derecho de ser ricos y disfrutar de su dinero frente a los pobres? ¿Por qué Dios no es justo? ¡200 perlas!

Imagina qué haría si fuera rica. No, no podría porque no es blanca ni bonita.  ¿Pero… y si aún así lograra serlo?  Sueña. Con mucho dinero compraría la casa donde viven para que ya no los molesten con la renta; se compraría una computadora para hacer las tareas del instituto, y hasta una funda para que no se ensuciara de cochambre como el radio; seguramente tendría un novio con carro, un novio guapo con botas picudas que la llevara a bailar; le mandaría poner puerta al patio para que los puercos no se salieran a la calle; pondría una tortería junto al cine al que va con sus amigas; pagaría la operación de su mamá para que le pusieran los dientes que le faltan; le compraría juguetes a su hermano para que no tuviera que robárselos a sus amigos; iría a una buena zapatería y se compraría unas zapatillas blancas para que les diera envidia sus amigas; mandaría arreglar la estufa, y que pusieran de una vez agua caliente en el baño; y una gran pantalla a colores; y un enorme reproductor de MP3; y también una computadora súper plana…

Mientras flota, en tierra, es rodeada por los policías de la joyería. La toman de los brazos y le piden que no diga nada. En su oficina, la gerente le ordena que le entregue lo que se ha robado. Ella niega haber tomado algo. Le arrebatan la mochila y la vacían sobre el piso; aparecen pepitas abiertas, un paquete de chicles Bubbaloo, un cuaderno, una pluma chorreada, un monedero con 17 pesos, un suéter tejido a mano, una credencial del instituto, un cepillo rojo y unos boletos arrugados del camión.

–Quítate la ropa.

–¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!

–Esos aretes que te robaste, tienen que aparecer.

–¿Aretes?

–Si no te la quitas tú, te la quitan ellos.

Acompañada por una empleada y la gerente, entra al baño. Deja a la vista su cuerpo manchado por las cicatrices del acné. Es fea. De senos pequeños y flácidos, caderona pero sin curvas, piernas delgadas y cortas. Nada de aretes. Entra otra empleada a informarle a su patrona que ya aparecieron, pero en un estuche equivocado. Martina sale de la joyería sin escuchar las tibias disculpas. Quiere llorar, pero lejos, donde no la vean esas mujeres que visten como en la televisión, que son bonitas, que son mejores.

El camión detiene su pesado rodar algunos metros adelante de donde ella le hizo la parada. Sube, paga, se acomoda hasta el fondo y llora su debilidad en lágrimas que desdibujan las calles que van pasando tornándose más y más feas.

Brinca para evitar los charcos. Ha dejado de llorar. Se dice estúpida así misma por desear zapatillas blancas sabiendo que se le cubrirían de lodo. Internándose entre las calles improvisadas va aceptando su situación; es pobre y le han demostrado que es muy diferente a la gente que sueña ser. Ya no tiene ilusión por el dinero.

Le queda para escapar el túnel del amor,  y esa tarde decide enamorarse de su maestro de computación.

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