LA NIÑA PUTA FELIZ


La explanada. Así la conocen los habitantes de esta unidad multifamiliar construida en 1963. Viven en pequeños departamentos apilados en torres de 20 pisos que copian el mismo estilo arquitectónico de edificios construidos en ésa época en Berlín, Moscú, Tokio, Brasilia… La explanada es una plancha de cemento de 200 por 200 metros. Nada crece ahí. Está rodeada por condominios cuajados de ventanas que permiten darse una idea de qué tipo de gente habita en cada departamento. Hay ventanas con cortinas floreadas. Ventanas con persianas cerradas. Ventanas abiertas con jeans húmedos secándose al débil sol de un día frío. Ventanas abiertas con alguien asomado llenando su vacío con la visón de torres idénticas repetidas hasta la náusea.

La explanada. Hay tres o cuatro niños que corren tras un balón que no bota por falta de aire. No hay nadie más ahí. Es la hora de la comida.

Pasa ella. Viene de la escuela. Su cuerpo aún conserva detalles infantiles, como la expresión inocente de su rostro redondo, pero sus piernas, quizá un poco gruesas para su estatura, exhibidas bajo la corta falda del uniforme a cuadros, delatan una intención erótica, nada inocente, pero doblemente llamativa, porque su cuerpo de mujer, expuesto mientras cruza La Explanada, contrasta con su uniforme de colegio particular. Parece una niña. Chupa paleta y lleva su mochila a la espalda, pero ha acortado su falda  para exponer sus piernas. Lleva abierta la blusa hasta dejar ver algo de sus senos y su brasier de algodón que tiene diminutas flores rosas.

Su rostro no es bonito, equilibrado apenas. Ojos; nariz algo grande; labios gruesos; algunas espinillas fermentando bajo su piel. Cabello negro, lacio, cortado a la altura de la nuca. Su aspecto general es ligeramente vulgar.

El espectáculo de mundana y carnal belleza fue percibido por pocos. Ha cruzado hasta el otro lado para detener sus pasos en la puerta de su edificio. Abre y entra, dejando tras de sí la puerta cerrándose lentamente.

Oprime el botón negro, que apenas sobresale de una placa de aluminio rayoneado pegada al muro. El piso limpio alcanza a reflejar sus piernas hasta donde su unión es protegida por una pantaleta blanca que se humedece y adquiere olores entre su carne, pero no hay nadie que disfrute de la imagen. Espera a que el elevador baje.

Una campanilla suena poco antes de que el pequeño cuarto de color crema y decorado con grafitis de plumón se le descubra. Nadie sale. Entra. Oprime el 17. Las puertas se cierran y comienza el ascenso, tan lento que tiene la sensación de que incluso el tiempo se ha detenido.

Las puertas se abren. Si no fuera por una maceta que  aprisiona unas ramas secas, no se podría saber en qué piso se está. Abre las cerraduras. Empuja con la cadera. El departamento tiene un olor levemente desagradable. No hay nadie.

Clase media. Muebles de principios de los 80`s un poco más grandes de lo que el espacio permite. Deja la mochila sobre la mesa. En la cocina abre el refrigerador. Observa lo que hay dentro. Mientras decide, se saca el calzón que tenía atrapado entre las nalgas. Toma una rebanada de jamón de la esquina y la engulle como si fuera un pez. Acaba de cerrar el refri cuando suena la puerta.

Se asoma por la mirilla que hace que la gente que está afuera parezca un fenómeno. Es su novio. Abre. Se besan.

–Sabes a jamón.

–Tenía hambre.

–Traje a unos cuates.

Aparecen otros dos. Son compatriotas del estilo darketo mal copiado. La saludan de beso. Entran y se acomodan. Uno va directo al refrigerador. Saben que no llegará su mamá hasta las nueve de la noche, por lo menos.

–¿Qué onda, qué hacemos?– Pregunta ella a su novio.

–A ver. Queríamos ver si íbamos al cine.

–Yo no tengo nada– Contesta el que está en la cocina.

–El Nuri traía algo.

–No, no alcanza.- Informa el que está tirado sobre el sillón.

–¿Tú no tienes?– Pregunta el novio.

–Nop.

–Pues primero hay que ver qué vamos a ver– Argumenta el Chuli-Boy con la boca llena.

Se instalan en la sala. Pretenden ponerse de acuerdo, pero la verdad es que no quieren ir a ningún lado. La discusión se desvía. El Chuli-Boy cuenta con entusiasmo cómo se enfrentó con un compañero y lo golpeó con un ladrillo en la cara, y su huida de los amigos del herido. En tanto, el novio se muestra cariñoso con su niña y aprovecha para presumirla a sus cuates, que aunque discuten a gritos, no pierden detalle de lo que pasa con la pareja.

Los besos van incluyendo más saliva y más sonidos. De vez en cuando baja el rostro al cuello de la chica y lo lame. Ella se deja hacer. Él pone la mano en sobre su pierna. Cada vez sube más, hasta que llega al borde de la falda, sus dedos se internan debajo de la tela tableada, hasta que la mano se pierde y arrastra en su camino la falda, que descubre totalmente un muslo grueso. La mano ya no baja, ahora recorre lo que puede debajo de la tela. Ella lo permite con naturalidad, concentrada en mantener la boca abierta para que la otra lengua la explore. Los amigos van dejando de hablar. Ella entrecierra los ojos mientras se comienza a ver su pantaleta. Todos tienen erecciones que van haciéndose más notorias.

Los dedos rozan la hendidura cubierta por la tela de algodón que se pega a la piel. Toca otra vez. Toca con fuerza. La tela blanca entra en los labios vaginales y se moja. Los dedos separan la pantaleta descubriendo su vulva velluda al entrar. La está masturbando frente a sus amigos, que sobre la ropa se tocan. Ella echa la cabeza hacia atrás.

Una mano le excita el clítoris y la otra deja a la vista un seno. Lo abarca con gula y fuerza. Su pezón recibe la lengua y la saliva de una boca ávida. El otro seno es liberado.

–Qué buena estás– sisea entre dientes el Chuli-Boy, el más guapo de los tres. El Nuri observa con la boca abierta; su piercing en la nariz contrasta con su expresión de infantil asombro.

Los dedos entran a fondo. La niña mantiene las piernas separadas con los zapatos sobre los cojines. El Chuli-Boy se agacha para ver mejor y se va gateando hasta ella, mira de cerca la abertura vaginal friccionada con rapidez. Recarga su mejilla sobre el muslo. Deposita un beso de prueba sobre la piel que hace un hora sólo imaginaba. El novio no reclama. Otro beso, mojado. Otro beso que se escurre sobre la parte interna del muslo. La lengua roza los vellos. Pega la cara a la vagina. La chica siente la succión que provoca ruidos viscerales y la lengua explorándola. El  novio le arranca la blusa y el sostén para pegarse frenético a sus senos, lamiéndolos, mordiéndolos. El Chuli-Boy le quita la falda y la pantaleta, dejándola sólo con los calcetines y zapatos. El novio se abre el pantalón, su pene brinca para quedar frente al rostro de la niña, que sin pensarlo,  lo captura con la boca.

Desde su lugar, el Nuri sugiere que la lleven a la cama. Los dos que están sobre ella la cargan entre risas llevándola a la recámara de su mamá.

La niña mama y se deja mamar. Ellos dos la insultan para excitarla con frases que disfrutan todos “Puta, perrita viciosa, degenerada”. El repertorio es amplio. El Nuri, recargado en el marco de la puerta, observa. El novio se desviste. Va a penetrarla. Ella separa las piernas. Silencia su voz mordiendo la almohada. No usa condón. Ella se arquea abriendo los ojos para dejarse caer otra vez, dedicándose a sacudirse y gritar.

El Chuli-Boy mira un rato. Se quita la ropa. Su pene es delgado, pero más largo. Hace que el novio se retire. Antes de penetrarla, contempla la vagina dilatada; sujeta su pene, lo frota en los labios internos para lubricarlo y lo introduce. Ella mira, fascinada de su propia desinhibición. Cierra los ojos. Con la pelvis acelera el ritmo. Nuevo orgasmo que el Chuli-Boy no respeta continuando con su violento movimiento de cadera que agita sus nalgas.

–¡Qué rica verga!– grita ella poniendo un curioso énfasis en cada palabra. El novio la besa como queriendo experimentar el sexo de su amigo en su propia boca al sorber ésa palabra de los labios de la chica.

El Nuri al fin se atreve, se quita la ropa dejándose la camiseta, tal vez por pena de su vientre estriado. Se hinca en la cama. No le dan espacio. Al menos toca los senos. Ella lo mira, siente pena por su pene pequeño; lo compensa acariciándolo hasta que parece haber alcanzado su máximo volumen, que no es mucho.

El Chuli-Boy se abandona en el precipicio de su orgasmo.

–¡No te vengas adentro, pendejo!– advierte el novio. El Chuli-Boy eyacula dentro. Al retirar su pene un goterón blanco escurre de la vagina perdiéndose entre las nalgas.

–¿¡Qué te dije, imbécil?!

–¡Ya, déjalo, si tú te vienes dentro ¿Por qué él no?– Reclama ella untándose el semen desde el ano hasta el clítoris. Dirige una mirada intensa al Nuri. Él se acomoda, pero no tiene coraje para penetrarla.

–¿Qué, güey?– Pregunta el Chuly ante la indecisión.

–¡Ya, te toca a ti!– Reclama la niña acercando su pelvis al pene. El Nuri ve la vagina. Repite lo que vio, lubrica su pene virgen en el semen del otro y lo sumerge fácilmente. Se mueve con torpeza, es ella quien tiene que llevar el ritmo. Descarga su semen en 30 segundos.

–¿¿Ya??– Preguntan casi riendo.

Ella se voltea, ofrece su otro orificio para el que llegue primero. El novio se aboca a aflojarlo con la lengua y luego con los dedos. Cuando ya le entran dos con facilidad, recarga son fuerza su sexo en los pliegues pigmentados de marrón. Hay dolor. Ella intenta escapar pero la cabecera de la cama la detiene. En el cuarto intento, lo recibe todo. El novio la sujeta de la cintura con ambas manos y la manipula. Las nalgas tiemblan al chocar contra su vientre. Ella se chupa tres dedos. Pide al Chuli-Boy que se ponga abajo. Se acomodan con cuidado para no sacar el pene que invade su recto. No tardan en acoplarse. Está entre ambos. El de abajo casi no se puede mover, sólo sirve de base a las furiosas sacudidas de la niña.

–Ponte enfrente– Ordena ella al Nuri. Él obedece. Ella lucha para poder atrapar el pequeño pene blando en su boca porque la mueven mucho. Al fin el Nuri la ayuda y así ella se siente completa, o casi.

El Chuli-Boy hace un rato que eyaculó, pero se mantiene adentro contemplando lo que hace la novia de su mejor amigo. El novio alimenta su morbo viéndola. El Nuri presta su pene a la fantasía de sus amigos. Mira casi con asco el cuadro del que forma parte.

El novio se retira apurado, deja escurrir un chisguete lechoso sobre el ano dilatado de su novia, que se voltea tratando de ver cómo le quedó.

–¡No seas marrano! Se queja el Chuli-Boy, que se retira con rapidez temiendo que el semen se escurra a sus testículos. El Nuri se queda con el pene al aire.

La chica y el novio se tienden en la cama. El Chuli-Boy se sienta en el piso y el niño se comienza a vestir.

–Ya me voy– Informa sin ver a los ojos a nadie. Los otros no le prestan atención. Agita la mano, mira por última vez a la chica, que no responde  a su gesto, y se va.

Las respiraciones se van normalizando. El novio se incorpora para verla. Ríe. Ella le regresa una sonrisa casi invisible.

–¡Qué onda, qué gruesos!– exclama el Chuli-Boy. Decide irse.

–Áhi se ven– La besa antes de salir.

Solos. Cada uno viendo al otro pasan el tiempo. Él sujeta una de sus nalgas. Pasa otra hora en silencio.

–Ya van a ser las ocho– Informa ella.

El novio regresa de la sala vestido. Ella, desnuda aún, limpia de mal humor la colcha con una toalla húmeda.

–¿Crees que se dé cuenta?– Pregunta.

–No… Ya me voy.

–Bueno.

Hay un beso.

–Áhi luego nos hablamos- Es la última frase.

Poco a  poco ella va recobrándose a sí misma. Una vez que no hay señales de lo que ha pasado, se mete a bañar. Bajo la regadera se olvida de todo. Nunca sucedió.

El sonido de unas llaves chocando contra las cerraduras la pone en alerta. Entra su mamá. Tiene aliento alcohólico, como es usual. Sale de la cocina a recibirla con un beso en la mejilla. Ante su madre, ella sabe interpretar muy bien a la niña. Le sirve de cenar mientras se pregunta si se le notará lo que ha hecho. Parece que no.

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