LAS VERDADERAS BRUJAS – Parte III


Antes del Oscurantismo, las brujas eran consideradas “las sabias”, las que podían aconsejar, curar y solucionar los problemas de la gente de la comunidad, y por ello eran respetadas.

Las brujas sabían de herbolaria, quiropraxia, obstetricia, medicina, pero también recibieron el don de interpretar los sueños, leer los cielos nocturnos y otras muchas formas de adivinación, como descifrar mensajes en el fondo de una taza de té o en las entrañas de los animales. Así mismo, una bruja sabía de pociones y venenos, y una de sus características más importantes era poseer el poder para que sus pensamientos se materializaran y así realizar hechizos, que podían ser para bien o para mal… Sin embargo, lo bueno y lo malo es muy relativo y lo que es bueno para alguien puede al mismo tiempo nefasto para otra persona. O sea, no seamos duros al juzgarlas porque todo es relativo.

Algo muy parecido ocurría con las mujeres sabias en nuestro territorio prehispánico. Eran respetadas, a veces temidas, pero sobre todo necesarias, y en las comunidades estas poseedoras del lenguaje necesario para comunicarse con la Madre Naturaleza y otras deidades eran sagradas.

Ahora, ¿cómo fue que estas interlocutoras con las fuerzas ocultas pasaron a ser malignas enemigas de la humanidad? ¿Cómo fue que el discurso cambió de manera tan radical al grado de merecer la hoguera? ¿Cómo fue que la población compró este cambio de imagen? ¿A quién benefició que las brujas se convirtieran en villanas deleznables?

En la entrega anterior para Innuendo vimos que la mujer fue respetada hasta el imperio romano, pero la corrupción y la ineptitud de los gobernantes hizo decaer aquel gran estado, que acabó por no poder evitar dos cosas: la invasión de los bárbaros y el surgimiento de Constantinopla. Con la anterior cultura se acaba también la religión grecolatina y se decide que lo más conveniente políticamente es acoger al catolicismo como religión oficial y (posteriormente) obligatoria. Aquí la mujer es expulsada como deidad porque el cristianismo es evidentemente machista (triplemente machista, de hecho). La única deidad femenina que queda es la virgen María, que viene a representar lo que en la época se esperaba de las mujeres: sumisión.

La virgen María es la madre biológica de Cristo, que fue elegida (sin tomar en cuenta su parecer) por ser virgen y de hecho se supone que se mantuvo siempre así, es decir que Jesús no tuvo hermanos, aunque en el Nuevo Testamento se menciona que sí los hubo, aunque posteriormente esto se arregló simplemente diciendo que la palabra “hermanos” significaba también “parientes”, puesto que en arameo no existía una palabra para designar a los primos (¿?). Otra versión dice que José ya tenía hijos previos, y esto podría justificar eso de los “hermanos” mencionados en las sagradas escrituras.

Como sabemos, la triada divina conformada por Dios Padre, Dios Hijos y Dios Espíritu Santo no toma en cuenta a la virgen cuando se trata de cosas importantes, y más bien es una especie de adorno en la nube donde ella sostienen una especie de relación poliamorosa-incestuosa con su hijo, el padre de su hijo (que no es su marido) y el Espíritu Santo (que es una paloma). Además meditemos un poco en que su propio hijo, al nacer, es quien la desflora… ¡Pero nos estamos desviando del tema!

Entonces estamos en que el cristianismo adora principalmente a tres entidades masculinas (lo que actualmente simplemente llamamos Dios), que además, desde el inicio no tiene una buena relación con Eva, pues debido a su desobediencia, rebeldía y malsana curiosidad come del fruto prohibido y esto le trae horribles consecuencias: trabajar para poder comer, parir con dolor, y ser propiedad de uso exclusivo de su marido, lo que obviamente implica sumisión. Esta visión misógina se vuelve global conforme el catolicismo se comienza a imponer por el mundo y alcanza su nivel más humillante a partir del Oscurantismo, que también podría ser llamado Misoginismo.

Durante el Medievo se consideró a la sexualidad, la fertilidad y la fecundidad algo pecaminoso, cosa del diablo, siendo que antes eran festejadas por ser el origen de la vida. Así, la Iglesia monopoliza el placer sexual y decide cuándo está dentro de los sagrados designios de Dios, y cuándo es pecado y debe ser castigado. Para la época, el sexo es necesario, pero obsceno y sucio. Siendo que la mujer no ha dejado de ser sensual y deseable para los hombres, entonces se vive una especie de esquizofrenia colectiva entre lo que es normal y lo que manda la religión, así que culpan a la mujer del deseo que padecen los hombres.

Esta aberración (porque va en contra de la naturaleza) se vive de manera aún más aguda dentro de los muros de los monasterios, donde el deseo sexual está doblemente prohibido y por lo tanto, la mujer es doblemente culpabilizada, al grado de satanizarla, es decir, la convierten en el instrumento que Satanás utiliza para hacer pecar a los pobrecitos sacerdotes. Para la Iglesia, y muy especialmente para la Santa Inquisición (fundada en 1184) la mujer se convierte en un ser despreciable, y todo este pensamiento dogmático se construyó sin que ninguna fémina fuera consultada, ya que para empezar no tenían ni voz ni voto en nada. De esta forma, los hombres evaden su responsabilidad, pues les parece lógico y teológicamente correcto culpar a las mujeres de los deseos carnales de los hombres.

Y de entre todas las pécoras féminas, había unas aún peores: las brujas.

Tres siglos después, en el Renacimiento, la Iglesia acepta de manera oficial la existencia de las brujas, siendo entonces el papa Inocencio Octavo VIII. Y poco después entra en esta historia el famoso libro “El martillo de las brujas” (Malleus Maleficarum), publicado por primera vez en Alemania en 1487 por dos monjes dominicos (por cierto, el lema de la orden dominica es: alabar – bendecir – predicar), y que era una especie de libro de texto de bolsillo para que los inquisidores (al servicio del Vaticano) pudieran descubrir, perseguir, atrapar, juzgar, torturar y ejecutar a las brujas.

Este libro no fue escrito por la mano divina de Dios, ni se trata de una revelación mística ni nada por el estilo. Sus autores fueron dos tipos de carne y hueso que se hacían llamar expertos en demonología: Jacobus Sprenger y Heinrich Kramer; este último fue destituido por ser un pervertido sexual cuya obsesión era acosar a las mujeres para que confesaran sus actividades y fantasías sexuales, sin embargo, él se defendió culpándolas a ellas (así, en general) dado que su naturaleza maligna lo hizo caer en tentación.

Kramer logra que el Papa le compre la idea de que las brujas (cuya existencia ya había sido aceptada) representaban un grave peligro por lo que había que combatirlas, y para esto se utilizó el Malleus, que tiene la siguiente estructura:

La 1ª parte justifica filosófica y teológicamente (apoyándose en sofismas y sacando de contexto pasajes de la Biblia) la existencia del demonio y sus seguidoras.

La 2ª parte explica por qué el demonio eligió a las mujeres como sus seguidoras, y básicamente dice que es debido a su naturaleza débil y maligna, dado que Dios las formó a partir de una costilla de Adán, o sea, un hueso torcido (Pero no vamos a culpar a Dios ¿verdad?).

La 3ª parte es ya un manual de la barbarie, pues describe para los inquisidores cómo detectar a las brujas, acosarlas, cazarlas, engañarlas durante el juicio, torturarlas y finalmente ejecutarlas, y todo esto (según ellos) por órdenes de Dios… Obviamente, ningún sacerdote católico (ni de ninguna otra religión) ha podido mostrar un documento de naturaleza divina donde Dios exprese fehacientemente que su voluntad es el asesinato de los que no creen en Él… Todo se obtuvo a través de retorcer y descontextualizar fragmentos de las supuestas sagradas escrituras; pero en una sociedad ignorante y misógina   (hablo de lo que se vivía en Europa en 1487) no se necesitaban muchas pruebas para condenar a una mujer a semejante sufrimiento.

El Malleus se reimprimió 28 veces, se tradujo a cuatro lenguas, fue el segundo libro más impreso después de la Biblia y durante tres siglos fue un manual válido para la Inquisición. Con semejante difusión y contando con la aprobación de la piadosa Iglesia Católica, no es de extrañar que en Europa (y posteriormente en América) la gente se sintiera verdaderamente bajo la amenaza de estas malditas mujeres, a las que se les culpaba de todo: desde la falta de vigor sexual de los hombres hasta las malformaciones con que podía nacer un bebé.

Los juicios de la Santa Inquisición eran violatorios de todos los derechos humanos, pues se basaban en testimonio de espías anónimos, pruebas inexistentes, testimonios falseados, amenazas, encarcelamiento sin motivo alguno, ausencia de abogados defensores, confesiones arrancadas bajo tortura y finalmente ejecuciones llevadas a cabo de la manera más cruel posible.

Esta paranoia colectiva desembocó, lógicamente, en las llamadas cacerías de brujas, de las cuales no hablaremos en esta entrega… pues nuevamente se nos ha agotado el espacio y los dioses de todas épocas me libren de contravenir las instrucciones que la editora de esta sección me ha marcado.

En la próxima entrega, queridos e indispensables lectores, continuaremos ahondando en este tema.

 

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