LAS VERDADERAS BRUJAS – Parte IV: La cacería de brujas de Salem


“Salem”… el solo nombre ya nos pone a la defensiva porque nos lleva a pensar en las tristemente famosas brujas de Salem… Hoy hablaremos un poco de lo que en realidad sucedió en esta pequeña ciudad ubicada en los Estados Unidos… Hay que decir que los únicos juicios que conoce la gente son específicamente los de la ciudad de Salem, aunque en realidad ocurrieron en la pequeña aldea de Salem (digamos “Salem el chicho”), Ipswich, Andover y la propia ciudad de Salem, y este horror se podría haber extendido por toda la nación americana cobrando cientos de vidas si no se hubiera frenado a tiempo, porque la histeria colectiva estaba desbordada.

Esta es la historia.

Salem es una ciudad de Massachusetts, aproximadamente a 25 km de Boston, pero se le conoce más como “El pueblo de las brujas” debido a los juicios que tuvieron lugar en el año 1692. En aquella época, Salem era un puerto comercial que recibía mercancías de Europa, África y China.

Era un pueblo cuyos habitantes descendían de ingleses y otros europeos que habían llegado al “nuevo mundo”. La religión oficial era el protestantismo puritano y se tomaban muy en serio su religión, al grado de sacrificar los derechos individuales a cambio de obedecer sus normas.

La historia cuenta que todo pasó en una época de sequía y fríos muy intensos que se ensañaban con esta ciudad. Había hambre y las reservas de granos se estaban terminando; incluso se cree que en su desesperación la gente consumió centeno  viejo, contaminado con un hongo microscópico conocido como cornezuelo que, al contener alcaloides parecidos a los del LSD, provocó alucinaciones, y en este caso, alucinaciones colectivas. La gente estaba constantemente bajo los efectos de esta droga y dadas las circunstancias de ignorancia, miedo a las brujas (inspirado por el famoso librucho “El martillo de las brujas”) y opresión religiosa, no es difícil entender por qué la idea de que había brujas entre los pobladores fructificó tan aprisa. Se necesitaba rápidamente un culpable y se llegó a la conclusión de que sufrían un castigo de Dios debido a que había brujas en el pueblo.

Todo comenzó en la casa Samuel Parris, pastor de Salem, un hombre adusto y severo, como debía ser un pastor protestante en aquella época. Este hombre (ejemplo de rectitud y severidad) tenía dos hijas (Abigail y Betty), que eran cuidadas por Rebeca, una joven esclava negra llegada del Caribe, y aquí suele haber una confusión porque en su registro de venta parece como Tituba, pero se supone que fue rebautizada por el pastor y por ello un día no se vuelve a saber de Tituba y de la nada aparece Rebeca Parris en los registros bautismales de Salem, porque recordemos que los esclavos eran obligados a llevar el apellido de su dueño. El caso es que de pronto, estas dos niñas comenzaron a desarrollar un comportamiento extraño; según algunos testimonios, esto es lo que la gente observó en ellas:

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Samuel Parris 

“…y de la nada, las hijas del pastor comenzaron a caminar a cuatro patas, como si se tratara de animales rumiantes…” (Otra sirvienta).

“…la menor sufrió de estertores tenebrosos seguramente inducidos por el demonio; acto seguido, puso los ojos en blanco y comenzó a recitar invocaciones a Satanás en una lengua desconocida, parecida a la que usan los negros para atraer a las fuerzas de la oscuridad…” (Elyse Salvin, una vecina).

“…basta que la hija mayor cierre los ojos para que a su mente, corrompida por los demonios, lleguen visiones del futuro, y así ha predicho la forma pavorosa en que morirán aquellos que no se sometan a Satanás…” (Raymond Becher, administrador del templo).

“…de pronto, como poseída por un espíritu de oscuridad, la pequeña Betty se comenzó a sacudir con un frenesí diabólico y luego a retorcer en posiciones imposibles sin que sus huesos se quebrantaran, y posteriormente se dio a trepar por la chimenea como si de una araña gigante se tratara…” (William Griggs, doctor del pueblo vecino).

Por supuesto, el pastor de Salem vio su reputación severamente amenazada, por lo que se dio a la urgente tarea de buscar el origen de semejante posesión diabólica. Lo primero que hizo fue preguntar a las niñas la razón de su extraño comportamiento y ellas señalaron como responsable a la mujer que las cuidaba. Rápidamente el pastor señaló a Rebeca, acusándola de ser una bruja.

La esclava no pudo rebatir esta acusación porque en aquella época los esclavos simplemente no tenían derechos ¿A quién le importaría que se hiciera justicia a alguien cuya propia vida no era de su propiedad?

Y es aquí donde inicia la locura colectiva. Los protestantes también tenían la consigna de acabar con las hechiceras y sus métodos eran bastante parecidos a los expuestos en “El martillo de las brujas”, del cual ya hablamos aquí. A los “jueces” que interrogaron a Rebeca les pareció buena idea que revelara el nombre de sus hermanas brujas. Dado que su confesión fue obtenida bajo tortura, la esclava señaló como cómplices a las vecinas del pastor. Estas mujeres no fueron torturadas, pero sí fueron obligadas a comer el llamado “pastel de las brujas”…

En su infinita ignorancia y estupidez, los cazadores de brujas acostumbraban dar a comer a las acusadas un pan hecho con centeno y la orina de la mujer que las señalaba. Por supuesto, las nuevas indiciadas sufrieron alucinaciones provocadas por el cornezuelo, por lo que comenzaron a tener visiones terroríficas impulsadas por el miedo atroz que sufrían. Cayeron al suelo para luego retorcerse tratando de luchar contra las espantosas imágenes que las acosaban. Como era de esperarse, estas pobres mujeres fueron declaradas brujas y obligadas a señalar a sus otras hermanas.

En cuanto las ejecuciones comenzaron, el terror comenzó a cundir. La manera más rápida de librarse del juicio era señalar por propia voluntad a otras hechiceras. Pronto, de manera exponencial, se comenzó a revelar que el pueblo entero era un nido de servidoras del mal.

Como suele ocurrir en una sociedad amedrentada por una religión machista y misógina, la

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Acta de sentencia

gran mayoría de las personas señaladas eran mujeres. Se tiene registro de 150 acusaciones formales y cinco ejecuciones. Aquí es necesario aclarar que existe una controversia histórica, pues unas fuentes aseguran que esas cinco personas murieron por causas naturales en su celda mientras esperaban juicio, y otros registros manifiestan que las ejecuciones sí se realizaron, e incluso se describe cómo se asesinó a cada uno de estos enjuiciados; en tres casos se utilizó la horca, y en dos las víctimas fueron arrojadas a las agua heladas del río Ipswich con rocas “de buen tamaño” atadas fuertemente a sus cuerpos.

Otra versión más imaginativa da cuenta de 18 ejecuciones por ahorcamiento, y una por lapidación.

Los historiadores han encontrado lo que podría ser la verdadera causa de esta cacería de brujas. En mitad de la histeria colectiva provocada por el fanatismo religioso y el ergotismo inducido por las micotoxinas del centeno, algunos políticos del pueblo encontraron que se podía expropiar las propiedades de los acusados como pago por los gastos generados por su propio juicio. Estas propiedades fueron luego compradas a precios irrisorios por las mismas autoridades.

Como suele suceder, el pueblo tuvo que salvar al pueblo. La cacería de brujas llegó ser tan grande que comenzó a expandirse a otros poblados, siempre en  busca de mujeres indefensas incapaces de oponerse a las acusaciones, hasta que las mismas mujeres se organizaron para exigir al tribunal que probara sin lugar a dudas sus acusaciones en todos los casos. En esta investigación las niñas Parris –corroídas por la culpa– confesaron que todo comenzó como un juego que luego se salió de control.

La esclava caribeña, contrario a lo que podríamos imaginar, no fue ejecutada, sino comprada por un terrateniente de otro condado, y el supuesto recibo de la transacción por 117 dólares fue el último vestigio que se tiene de la misteriosa Rebeca.

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