LOS INQUILINOS DEL EDIFICIO NÚMERO 01

 


El horrendo edificio de departamentos de siete pisos fue construido en 1957, sobre la calle de Mineros No. 1, a una cuadra del temido barrio de Tepito.

Kamel Habib, el antiguo dueño, lo construyó alevosamente sobre un terreno que pertenecía a Patricia Sabba, su socia comercial en aquella época, que murió intestada poco después. Ella tenía cuatro hijos varones y varios inversionistas involucrados cuando el cáncer de pulmón se la llevó.

Previendo el gran lío legal que se avecinaba, en secreto y sin perder tiempo, el señor Kamel Habib vendió los departamentos a sus respectivos inquilinos y locatarios, y aunque el proceso de escrituración nunca pudo concluirse, los nuevos dueños tuvieron elementos legales para reclamar la posesión de pequeños fragmentos del inmueble.

Mientras corrían los trámites con los inquilinos, en secreto Kamel Habib revendió el edificio completo a otros compradores para pagar viejas deudas y poco después tuvo la ocurrencia de morir en España, dejando un nudo de demandas, amparos y peritajes tan intrincado que nadie pudo adueñarse del edificio.

El incendio ocurrió el 2 de enero de 1969, alrededor de las dos de la mañana. Todo el edificio se incendió al mismo tiempo. ¿Un accidente? Imposible. La combinación de gasolina y salidas atrancadas con cadenas provocó la muerte de 127 personas. 127 homicidios y ningún culpable.

Cuando los médicos legistas del SEMEFO sacaron el último cadáver, el lugar fue clausurado. Sellado, mejor dicho, con láminas de acero soldadas para que los malvivientes no pudieran entrar. Desde entonces el edificio de Mineros No. 1 está deshabitado. Contrariamente a lo que ocurre en la Ciudad de México con los edificios abandonados, el predio de Mineros No. 1 nunca fue refugio de vagabundos. Es un oscuro y silencioso cascarón de fachada grafiteada y vidrios renegridos. Casi 50 años después, la orden del juez sigue vigente.

La gente del rumbo evita pasar frente al edificio, que se ha vuelto famoso debido a la creencia de está habitado por fantasmas. Lo llaman “La torre de los lamentos” dado que los gritos que a veces se oyen llegan indiscutiblemente desde adentro, y hasta han sido grabados por varios “investigadores” del fenómeno paranormal que le dieron fama al lugar en sus programas de radio o televisión. Son gritos espantosos de gente pidiendo ayuda. A veces inician a las dos de la mañana y cesan poco a poco antes del amanecer. Ni siquiera los “profesionales” de lo paranormal se han atrevido a entrar ahí. Ninguno.

chilango extremo

El canal de Youtube “Chilango Extremo”, escrito, producido, dirigido y conducido por Pepe-Ligro, se caracteriza por ser realmente estúpido, y sin embargo posee una envidiable cantidad de seguidores, como es lógico en una sociedad estúpida. Con una mini cámara de video sujeta a su cabeza, Pepe-Ligro transmite las aventuras donde pone en riesgo su vida. Entre sus programas con más “likes” está cuando entró al Zoológico de Chapultepec a media noche para entrevistar a los osos dentro de su jaula; o la vez que trepó a una enorme jacaranda para arrancar con sus manos desnudas un panal de abejas africanas; la ocasión en que intentó saltar a un Ferrari que venía en su contra a 220 kph y se fracturó el pie con que golpeó el parabrisas; o cuando retó a un grupo de parkour sin haber tenido ningún entrenamiento previo y cayó de cabeza desde un puente peatonal… No se sabe qué es más grande, si su valor o su idiotez, porque hasta ver cómo un inepto se rompe la cabeza se vuelve aburrido, por lo que Pepe-Ligro siempre busca llegar más lejos. Irónicamente, vive de hacer eso que algún día lo matará…

La idea comenzó como un chiste de los seguidores, pero gracias a los medios, poco a poco se fue tornando en un reto ineludible: Recorrer de arriba a abajo la Torre de los lamentos transmitiendo en vivo. La fecha para el nuevo reto: Dos de enero. Dos de la mañana.

Y el día llegó. Aislados del aire helado con ropa gruesa, gorros, bufandas y guantes, una pequeña multitud se dio cita frente al edificio. Era un ambiente más bien festivo, con alcohol barato servido en vasos de plástico. Carcajadas y charlas animadas. Cuentos macabros que daban risa en vez de miedo. De pronto…

–¡¿Oyeron?!– Interrumpió una chica…. –¡¡Shhhh!!… ¡¡Escuchen!!!

El bullicio se apagó. Todos guardaron silencio para escuchar…. Los gritos provenían del interior… Quizá eran de mujer. Lejanos. No lo suficientemente claros como para hacer algo… Quizá llegaron de otro lugar. Quizá era una broma de algún vecino. Quizá. Se miraban unos a otros, como buscando una explicación. Luego, adentro, se escucharon pasos. Lentos, pesados.

–¡¿No se supone que está abandonado?!– preguntó otra mujer. Nadie contestó. Al parecer, no.

De pronto, sonó como si bajaran por unas escaleras arrastrando algo pesado. Igual. El sonido se detuvo antes de que se pudiera saber qué ocurría.

El ánimo de los fans de Pepe-ligro se apagó, como la melodía de una cajita musical que se va quedando sin cuerda. Ya nadie quería estar ahí.

Pero justo cuando el miedo iba a estropear la pequeña fiesta, apareció la estrella efímera del internet. Pepe-Ligro arribó, claro, en un taxi. Emergió del vehículo destartalado ya caracterizado con su personaje. No era José Antonio González Nerey, no, era, Pepe-Ligro. El ánimo resurgió. La celebridad que todos esperaban había llegado.

–¡Pe-pe-Ligro-Pe-pe-Ligro-Pe-pe-Ligro!– Entonó la modesta multitud, media congelada, pero dispuesta a disfrutar del espectáculo gratuito y ser parte de la historia.

–Lo que es tener baja autoestima– comentó discretamente a su novia uno de los asistentes. Ella rió tratando de no ser escuchada. Era verdad. La celebridad de la noche parecía más un faquir que un súper héroe.

El oportunista suicida anunció el reto de esa noche.

–¡Yo soy Pepe-Ligro, y estoy aquí para desafiar a la muerte!

Dado que la famosa frase fue dicha, la gente se dio por satisfecha, pero ya no estaba dispuesta a aplaudir más a cambio de nada. Ante el silencio, el aspirante a celebridad comenzó la transmisión en vivo del espectáculo. Todos sacaron sus celulares, y sí, ahí estaban todos, en vivo.

El público, obediente a su rol, ovacionó al pobre diablo, después de todo, era famoso. Los asistentes querían creer que estaban presenciando algo especial. Alguien era un impostor y alguien quería ser engañado, por lo tanto podían continuar con el espectáculo.

El súper héroe de clase media habló a su cámara, como si una infinidad de personas lo estuviera viendo…

–¡Queridos internautas! ¡Queridos fans virtuales, entraré a la Torre de los lamentos y la exploraré hasta llegar a la azotea, y ustedes serán testigos de los horrores que encontraré ahí dentro!

Ovación.

–¡Ah, y no olviden darme Like! ¡A mi video, quise decir, ja, ja, ja!… Amigos, lo primero que voy a hacer es abrir un hueco para poder entrar, y para eso voy a pedir la ayuda de mis seguidores que me acompañan esta noche… ¿Pero por dónde, carajos?… ¡Ah, miren, acá hay una lámina que ya había sido doblada antes!

Entre varios jalaron la hoja de metal hasta desprender una parte y abrir así un espacio lo suficientemente amplio como para que el intrépido youtuber pudiera meter la cabeza. Y luego, con la ayuda de los enérgicos empujones de los espectadores, entró. O más bien, cayó dentro.

En cuanto su cuerpo traspasó el boquete, notó cómo un extraño silencio lo aisló de lo que sucedía afuera. Fue como si la gente se hubiera ido de pronto. La rendija de luz que había dejado la lámina doblada para que entrara se fue cerrando en pocos segundos… –¡Pinches fans hijos de puta!– opinó Pepe, pero luego lo compuso, porque estaba en vivo –¡No, no, ustedes no, los que volvieron a cerrar el hueco!– Golpeó la lámina –¡¿Por dónde voy a salir, cabrones?!– Ninguna respuesta. En fin.

El lugar todo tiene un olor que repele. Avanzó tres pasos perdido en la oscuridad perfecta. Sus tenis hacían crujir el polvo de los años. Se detuvo. Silencio absoluto. Buscó a tientas el botón de su pequeña pero poderosa lámpara de leds sujeta a su cabeza con una banda elástica gruesa. Se preguntó dónde estaría. No encontraba el minúsculo botoncito. Se detuvo mientras intentaba sentirlo, tentaleando con ansiedad porque en Internet la gente no estaría viendo nada…

¡Clic! La luz ilumina lo que había permanecido en tinieblas por décadas… Observa. Los daños provocados por el incendio son más que evidentes. Se encuentra en una especie de vestíbulo dominado por las escaleras carcomidas. Algunos escalones se han desmoronado. A los lados están los accesos a los locales de la planta baja. Pepe siente que no debería estar ahí. El lugar es horrible. Esta vez sí que tiene miedo.

Da unos pasos más. De pronto, su pie derecho no siente el piso. Un golpe de adrenalina lo hace reaccionar y se tira al piso para no caer al vacío. La luz dura de su lámpara de explorador ilumina un agujero cavado en el piso. Es enorme. Fácilmente hubiera podido caer sin posibilidad de sujetarse de la orilla. La luz que rompe la oscuridad describe un agujero de unos tres metros de diámetro. Su corazón palpita tan fuerte que duele. A gatas, se asoma. La luz no alcanza a llegar al fondo. –¿Cuánto tiempo les habrá tomado hacer este hoyo?– se pregunta. De la oscuridad subterránea llega un aire frío acompañado de una leve fetidez que no puede ser otra cosa que carne descompuesta… Pepe toma un trozo de concreto para arrojarlo al fondo. Cae silenciosamente dentro de la negrura perfecta. No se oye el golpe.

De pronto, Pepe escucha pasos en la escalera… ¡¿Pasos?! Asustado, levanta la vista. La luz de su cabeza ilumina brevemente a un pesado carnero negro que lo observa mientras sube. La luz ilumina el fondo de los ojos extraños, que brillan con furia verdosa. Es un animal muy grande, de abundante lana negra, enredada y sucia, de sólida cornamenta retorcida. Lo que más impacta a Pepe es su mirada grosera. El animal bala con un tono atemorizante; es como un reclamo, una queja con odio, o como si llamara a otros en tono de alerta. Sin embargo, parece que el carnero no lo atacará. Sube dejando ecos con sus pesuñas sólidas mientras su enorme saco testicular se balancea con descaro. El caminar del imponente animal se pierde poco a poco. Después, el silencio absoluto se apodera nuevamente del lugar.

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–¿Vieron eso?– Pregunta Pepe a la audiencia que lo sigue en internet. El círculo de luz busca algo más en la escalera de barrotes oxidados. Nada.

Calculando los límites del agujero en el piso, el aventurero pasa a lado, despacio, pegado a la pared, para llegar a la escalera. La negrura se traga la luz y no se alcanza a ver mucho hacia arriba. Tiene miedo. Comienza a subir. Se pregunta si estas imágenes le harán ganar el número de “likes” que necesita para seguir viviendo sin trabajar. Ojalá que sí, porque sus tripas le advierten a gritos que es tiempo de huir. Sin embargo, continúa subiendo peldaño tras peldaño. Pepe es bueno para desoír las voces de su intuición. Voltea hacia atrás. ¿Qué fue ese ruido? … ¿Otro animal?… No, no hubo ningún ruido. Abajo todo está quieto. Sube. La escalera tuerce al llegar al descanso. Solo faltan unos pocos escalones más. Por más que hace el intento de no perturbar el silencio oscuro del lugar, sus pasos resultan escandalosos, creando ecos y contra ecos. Con cada paso, su miedo aumenta. No se explica cómo es que continúa. Quizá porque es tan poca su autoestima que necesita demostrarle a los desconocidos que es valiente. Necesita de los otros para justificar su existencia. Al fin llega al primer piso. Lo que ve es el inicio de un pasillo recto y largo, tan negro que se chupa la intensa luz de su lámpara. Puertas a derecha e izquierda. Algunas cerradas, otras abiertas. Pepe no sabe si continuar subiendo o ver qué encuentra en este piso. Decide explorar.

Al llegar a la primera puerta voltea, por precaución. La puerta quemada está entreabierta. Pepe mira su propia mano empujándola. Cede con un chirrido espantoso. Por un segundo tiene una visión: el fuego alimentándose furiosamente de todo lo que había dentro. Sólo así se explica que hasta los techos estén pintados de hollín. Permanecen los esqueletos de los muebles y por doquier grandes montículos de cenizas y cosas calcinadas. Aquello, recargado contra la pared, era un librero. Todo está lleno de basura chamuscada y el punzante olor de la desgracia. La televisión sólo es un cajón de madera carbonizada que alberga un cinescopio reventado. Los vidrios crujen bajo sus pasos temerosos. La mesa alimentó al fuego hasta que se partió. La cocina sufrió un poco menos. En algunas partes se alcanza a ver el color amarillo de los azulejos. La alacena contiene platos apilados. En la tarja quedaron los trastes sucios, como si en su última cena hubieran servido ceniza. La ventana sin vidrio da a un cubo de ventilación interno. Cautelosamente, se asoma. Abajo hay basura renegrida. Se queda quieto y escucha. Nada. Ningún sonido. Él, parlanchín por naturaleza, casi no ha podido decirle nada a su público. Ocupa todo su cerebro en poner atención. Saldrá de ahí a todo correr en cuanto escuche el primer sonido. Aunque por el momento, puede continuar. El baño también sufrió menos. La cortina es un hilacho negro de plástico derretido. Dos recámaras. La de la derecha está abierta. Era de un niño. O una niña. La camita, aunque consumida, conserva parte de la cabecera y ahí una calcomanía de Pinocho que se niega a caerse por sí sola. La cabeza calcinada de una muñeca lo observa desde el piso con su único ojo. El cuarto era de una niña. En los ganchos permanecen jirones de tela negra. La cabeza calva y renegrida de la muñeca vuelve a llamar su atención. Su ojo azul lo mira. No es una mirada neutra, o pasiva. Pepe adivina que hay una intención. Quizá la cabeza está pidiendo ayuda. Pese a su aspecto grotesco, se agacha y estira la mano para tomarla. El ojo parpadea. Asustado, Pepe encoje el brazo velozmente. ¡¿Fue real?! La cabeza se ve ahora inerte. Muerta. Fue su imaginación. Se levanta sin dejar de mirarla. Sí, fue una broma de su mente. Sale del cuarto de la niña. A unos pasos está la otra recámara. Se queda de pie en el umbral. “¡Aquí sí que hubo fuego!”, piensa. Pretende saber quién dormía aquí a partir de los restos. Imposible. No quedó nada, la destrucción fue total… En el piso hay un crucifijo de metal que mantiene clavado a un Cristo deformado por el calor. Examina las paredes y de repente  ve un rostro que lo observa. –¡¡¡AAAHHH!!!– Brinca hacia atrás poniendo por instinto sus brazos en posición defensiva. No es otra persona, es un espejo. Un espejo. Ovalado, de unos 40 centímetros, con marco de madera. Intacto. “¿Por qué este espejo no se quemó?” se pregunta. Se acerca. Lo mira con detalle. Está limpio. El cristal refleja la luz cegadora de su lámpara y parte de su rostro. Pepe no advierte que al fondo, desde la sala, alguien que sólo asoma la cabeza, lo observa. Sin embargo, percibe una presencia a sus espaldas. Siente que no está solo. El miedo lo paraliza. Sus ojos se mojan. No puede parpadear. Muy lentamente, temblando, comienza a girar para ver quién está atrás… Sólo negrura y silencio.

Sigiloso, regresa hacia la sala por el estrecho pasillo, que ahora se dilata como para no dejarlo llegar al final. Se da cuenta de que debió llevar un arma. Antes de salir del departamento, regresa a la cocina con la esperanza de hallar un cuchillo… Remueve los trastes de la tarja. A tirones abre algunos cajones… Revisa en la mesita… En la formaica tiznada descubre la silueta de un gran cuchillo que ya no está. No recuerda si ese perfil libre de hollín estaba ahí hace rato. En un instante el miedo vuelve a aumentar. A tropezones corre hacia la entrada del departamento para salir al pasillo. Apurado voltea a derecha e izquierda. Afuera no hay nadie. No se le ocurre voltear por última vez al interior del lugar que deja.

–Va… Vamos a entrar a los demás departamentos… a ver qué hay– comenta a su público.

Lo que encuentra más adelante es más o menos lo mismo. Montañas de escombros carbonizados, ceniza y ese maldito olor que lo acompañará el resto de su vida.

El departamento 106 tiene algo para él. Es el primero que encuentra con la puerta cerrada. ¿Habrá alguien adentro? Golpea. Silencio. Un par de enérgicos empujones son suficiente. De todos los que había visto hasta ahora, este es el departamento con más basura. Deduce que ahí vivía una familia rica. Revisa todo… Queda en la recámara principal una cómoda que no se alcanzó a quemar del todo. Un alhajero permanece entre la ceniza y los frascos de perfume reventados. La potente luz revela que es de metal, de intrincada manufactura. Con ambas manos toma la caja hexagonal. Es pesada. La abre. Está llena hasta el borde de joyas opacas, pero auténticas. No esperaba encontrar nada de valor. Rápidamente se quita la mochila para echar dentro todo… En el último momento recuerda que todo lo que hace es visto a través del internet. Si lo ven robando, se meterá en líos, posiblemente ni siquiera podrá conservar las joyas. Apaga la minúscula cámara que lleva a un lado de la sien CASA-16derecha. El botín cae pesadamente hasta el fondo de la mochila con un sordo tintineo. Listo, el crimen perfecto. Tira la caja, no parece valiosa. ¿Por qué nadie se habría llevado las alhajas? Examina el lugar con la lámpara. En el recorrido de la luz alcanza a ver una mano. El sobresalto le provoca latidos tan fuertes que los siente hasta la nuca. Hay una mano que emerge de la cama convertida en resortes y mugre. Estático por el terror y con los ojos muy abiertos, observa. La luz revela poco a poco un cadáver. Se trata de un cuerpo calcinado hasta quedar convertido en una momia de carbón. Es difícil adivinar siquiera el sexo. Se acerca un paso. La boca abierta y torcida emite un alarido silencioso. El cráneo alargado y los dientes finos y ordenados le hacen pensar que se trató de una mujer. La observa. Se supone que deberían darle sepultura, si no, jamás podrá descansar en paz, piensa mientras mira a la víctima del incendio. No se da cuenta de que tras él, vestida para dormir, la mujer observa todo. Por debajo del largo camisón no hay pies. Pepe no trata siquiera de acercarse más al cuerpo calcinado. Lentamente comienza a irse encaminándose hacia afuera. Desde un nuevo rincón, la mujer sólo mira la escena con tristeza, inmóvil. Hasta que repara en el alhajero vacío tirado entre los escombros.

Pepe escucha que el alhajero se mueve. Al parecer el estuche de metal gira y se detiene sobre una de sus caras. Pepe se queda quieto, helado. No se atreve a voltear. No puede ser. La cajita se mueve otra vez de tras de sí. Suena como si la tocaran, como si la rascaran rebuscando en su interior. Alcanza a escuchar un reclamo en forma de frío susurro ¡Ladrón, dame mis joyas, ladrón!

Sin saber cómo, Pepe se encuentra corriendo hacia las escaleras. El terror lo domina. Baja los escalones a brincos gigantes. Y, sin comprender, llega al segundo piso. No puede ser, claramente bajó hacia el vestíbulo ¿Por qué llegó entonces al piso superior? Con saltos decididos desciende desesperado, con la luz bailoteando con caótico vaivén. Claramente el nuevo nivel tiene una placa que dice 3er piso. Es imposible. El terror no le cabe dentro del cuerpo, se le escurre en forma de lágrimas. Al bajar llega al 4º piso, y luego al 5º… A lo lejos, una risa envuelta en oscuridad se burla de sus intentos por escapar. No entiende qué pasa. Su miedo no lo deja pensar. Baja otro piso y llega al 6º nivel… Él sabe que está bajando. Lo siente con absoluta certeza… Al fin llega al séptimo piso. ¡¿Cómo es posible?! No hay más escaleras hacia arriba. Abajo, algo suena. Se asoma. No se ve nada. Pero los pasos que suben son claros, y vienen hacia acá. Corre hacia el fondo del pasillo en busca de alguna salida.

El pavor se ha adueñado de todo su cuerpo. No piensa, no puede pensar, sólo siente el miedo que le provoca el inminente peligro. Este podría ser su último día de vida. Siente en su estómago un agudo terror.

–¡¡AAAAHHH!!!!! Grita Pepe. Al fondo, algo brilla. ¿Qué es eso? Se detiene. Nuevamente algo se escucha. Algo se acerca. Son unos ojos. Su foco los hace brillar. Es el carnero negro. Avanza hacia la luz… Hacia él… Llorando sin control, Pepe se deja caer, y de rodillas suplica, pero el llanto casi no lo deja hablar. El gran carnero de cornamenta masiva se acerca hasta queda a un par de metros. La cara de Pepe está justo a la altura de la cornamenta del gran rumiante. Pepe balbucea entre lágrimas y mocos “¡¡¡PERDÓN, PERDÓN, DÉJEME IR, NO QUIERO MORIR AQUÍ!!!”

El animalazo mide la distancia y de pronto se levanta sobre sus patas posteriores, y cuando cae alinea su cabeza con toda su columna, volviéndose un ariete que lo golpea en el rostro con un ímpetu insospechado. ¡¡¡¡BEÉEÉEE!!! Grita furioso el animal. El golpe es brutal, seco. Pepe es proyectado hacia atrás como golpeado con un mazo y cae descoyuntado. El dolor le inunda la cara.

bakar-diri-Hay mucho ruido. Pasos y voces de mucha gente. Siente que lo mueven… Lo van arrastrando… Alguien lo jala por los pies… Alguien… No sabe quién, no puede ver… su lámpara dañada parpadea y todo se queda a oscuras por momentos… A su lado hay pies descalzos. Sin control, su nuca golpea los escalones. Sabe que está sangrando. Alcanza a ver algo… 3er piso… Se desmaya nuevamente por unos segundos… 2º piso… No puede hablar, no tiene control sobre su cara anestesiada por el daño. Adelante, guiando al grupo, va orgulloso el gran carnero negro. Cuando regresa en sí, se da cuenta que está justo donde empezó todo. Lo voltean con violencia. A tirones, le arrancan la mochila. Entre la sangre que le escurre por la cara, alcanza a ver a una mujer que revisa el interior y saca el puño lleno de joyas. Ve a la gente. Todos en piyamas, en calzoncillos, en camisón. Por breves instantes la visión regresa: el fuego rugiente consumiendo el edificio y a los inquilinos intentando huir del fuego que los envuelve… Y de pronto, silencio absoluto. La oscuridad es lo único que ilumina su lámpara de explorador… Y es cuando lo arrojan al vacío. La luz va describiendo giros extraños durante la prolongada caída. Y después de mucho, siente el golpe atroz. Lo que escuchó fue el crujido de sus propios huesos. El dolor… es… tan intenso …  que casi… no se siente… Los últimos parpadeos de la lámpara le dejan ver la espantosa cantidad de cadáveres quebrados que a lo largo de las décadas han ido cubriendo el fondo del pozo.

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