ERA UN DOMINGO SOLEADO


Era un domingo soleado. Yo estaba muy nervioso, llevaba planeando y deseando este momento desde hace mucho tiempo, pero parte del encanto era ocultar mi emoción para no echarlo a perder. A mitad del desayuno, les dije. “Les tengo una sorpresa”. Mi esposa, mi hija y mi hijo menor me miraron desconcertados.

–¿Qué, qué nos compraste?– preguntó Evangelina, con una sonrisa provocada por el placer de la curiosidad.

–¿Qué es, papá?– quiso saber Mónica.

–¿¿¿Sorpresa???– exclamó Toñito, que aún no se familiarizaba con la palabra.

–¿Quieren saber?

–¡Sí!– Contestaron los tres.

–Bueno, tendrán que adivinar– los reté –Si no, no.

–¿Es ropa?

–No.

–¿Nos llevarás a comer al restaurante que me recomendó mi hermana?

–¡¿Eh?!

–¡Un perro, un

perro!

–No, no, ni ropa ni comida ni perro… Fríos, fríos. Sigan intentando.

Y así jugamos un rato hasta que las chicas se comenzaron a desesperar. Para aliviar su tensión, les dije: “¿Y si mejor los llevo a que vean la sorpresa?”. Tras dos segundos de desconcierto se escuchó un “¡¡SÍ!!” unánime.

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Era un domingo soleado. El calor comenzaba a ser molesto, pero afortunadamente no había mucho tráfico; recorreríamos el trayecto de Tlatelolco hasta el sur de la ciudad en poco más de una hora. Los niños venían atrás tan ansiosos como hacía un rato. Sentía cómo su curiosidad los desbordaba, y en esos momentos, más que nada en la vida anhelaban saber cuál era la dichosa sorpresa. Evangelina, un poco más serena, veía por la ventanilla, pero apenas podía controlarse, la curiosidad le hormigueaba por dentro.

De pronto, mi esposa gritó: “¡¡¡CUIDADO!!!”. Giré mi cabeza hacia la izquierda. Saliendo de una callecita, un enorme carro negro se me echó encima a más de cien kilómetros por hora, sin ninguna consideración a que yo tenía la preferencia y  dos niños viajaban conmigo. El chillido agudo de las llantas se unió al estallido de adrenalina. Alcancé a frenar y el auto negro pasó frente a mí sin siquiera haber bajado la velocidad. No les importó. Alcancé a ver durante un segundo a los sujetos del carro negro. Todos tenían cara de rufianes. Uno me miró con expresión desafiante. Mi carro se apagó. Aún desconcertado, sin saber qué estaba pasando, me quedé parado a media calle. Y fue entonces que las sirenas de la policía lo inundaron todo. Cinco segundos después, al menos unas cuatro patrullas pasaron a escasos centímetros de mi camioneta. Ahora entendía; los fulanos del auto negro venían huyendo y los policías los perseguían a una velocidad suicida, como si no hubiera más personas en la ciudad.

–¿Están bien?– pregunté mirando a mis hijos por el retrovisor. Sus miradas asustadas me bastaron. Estaban bien, pero impresionados.

–Gracias a Dios no nos pasó nada– dijo Evangelina mirando a los niños. Encendí la camioneta y continuamos en silencio varias calles más. Poco a poco se nos fue olvidando el susto.

–Bueno, y a todo esto ¿A dónde vamos?– preguntó mi mujer, como deseando llegar a algún lugar porque a ella le molestaba mucho el calor de aquél domingo tan soleado.

–Es una sorpresa– respondí.

–¡Una sorpresa, una sorpresa!– contestó acalorada.

–Bueno, si quieres se los digo ahora y que se eche a perder ¿Eso quieres, que se eche a perder?

–…No– contestó ella poniendo freno a su mal humor.

Atrás se fue quedando el centro de la ciudad. Tomé por Universidad hacia el sur, poco después y nos fuimos internando por las calles de una colonia residencial muy tranquila. Mi esposa se veía cada vez más extrañada.exterior-1597098_1280

–¿Qué hacemos aquí, papá?– preguntó Mónica.

No contesté. Venía concentrado en el camino. Aunque recientemente había venido muchas veces, las calles, todas igualitas, eran un lío, así que dejé de contestar para poner atención. Al fin llegamos. Subí mi camioneta a la entrada de una casa y esperé ahí un momento, sin apagar el motor.

–Claro. Venimos a una fiesta– aseguró Evangelina. –¿Todo esto para venir a una fiesta de alguno de tus socios? – Comentó molesta. –Me hubieras dicho, mira cómo vengo ¡Estoy hecha una facha!

Los niños no decían nada. De la bolsa de mi saco tomé un control remoto y oprimí el botón. Las puertas se comenzaron a abrir. Metí la camioneta y la estacioné justo en mitad del jardín. No había nadie más en la casa.

–Bájense– les pedí. Sin esperarlos, yo descendí y fui hacia la entrada principal.

–¿Quién vive aquí, Miguel?

Saqué las llaves de la puerta. “Nosotros”.

Evangelina no comprendía.

–Nosotros– insistí. –Nosotros vivimos aquí… ¡Esta casa es la sorpresa!– les anuncié mientras empujaba la pesada puerta frente a ellos.

La casa lucía… ¡Resplandeciente! Era completamente nueva. No había tenido tiempo de comprar todos los muebles, pero lo básico sí estaba.

Como mi familia no sabía qué estaba sucediendo, no se atrevían a entrar, así que pasé yo primero, y desde la sala, les grité: “¡Entren!” Y entraron, volteando hacia todas partes, sin creérselo todavía. Ante la expresión de azoro de Evangelina, le tuve que explicar todo:

–¿Te acuerdas que dejé mi trabajo hace un par de años para iniciar un “negocio” del que yo no te quería hablar nada? Bueno, pues una parte de las ganancias las guardé para comprar esta casa… ¡Es nuestra!

Al fin entendieron. Los tres corrieron a abrazarme. Mi felicidad se volvió lágrimas que se mezclaron con las de mi esposa que me besaba con un sincero agradecimiento.kitchen-1940175_1280

Mónica y Toñito fueron los primeros en comenzar a explorar nuestra nueva casa. Costó cara, pero había valido la pena. Era hermosa. Los pisos de madera casi blanca se unían con los muros rústicos. Los ventanales nos permitían ver la enorme jacaranda que nos protegía del sol, y por eso el jardín estaba cubierto de miles de florecitas moradas. Tomé a mi mujer de la mano. “Ven, te la voy a mostrar”. Ella, pobrecita, no dejaba de llorar. Pero su llanto se intensificó en cuanto entró a la cocina que estaba inspirada en las revistas de casas gringas que ella hojeaba en el Sanborns, suspirando porque pensaba que jamás podría tener una así. Mientras tanto, los niños corrían por toda la planta superior, entrando a todas las recámaras, los baños, mi estudio, sin poder creerlo.

Mónica bajó de pronto y nuevamente me abrazó. Tomó a su mamá de la mano y la llevó arriba, a su recámara. No tuve tiempo de instalarle su computadora nueva, que estaba aún dentro de su caja. El enorme oso polar de peluche reposaba feliz sobre la cama. Mónica abrió el closet: “¡Dios, es más grande que mi recámara de antes!”.

No tuve tiempo de comprar más cosas para el cuarto de Toñito, pero su cama de Star Wars llegó a tiempo.

Los pasos de todos resonaban en la duela impecable porque la casa aún estaba muy vacía. A lo que le dediqué más tiempo fue la recámara principal. Apenas un día antes me dediqué a colocar la pantalla gigante justo frente a la cama. Sí, esta era la recámara que mejor me había quedado.

Bajé a ver si la empleada había metido las latas al refrigerador de doble puerta cuando mi familia, en eufórico tropel, bajó y se me echó encina. Me tiraron sobre el sofá mientras gritaban cosas como “¡Está hermosa!” “¡Gracias papá!” “¡Me gustó mi recámara!” “¡Gracias, Miguel, nos diste el mejor regalo del mundo!” y me besaban. Yo los abracé y por un momento fui completamente feliz.

 

Después del violento asalto al camión de valores cargado con centenarios, el auto negro marca Malibú con placas del Estado de México, con reporte de robo, fue emboscado por un grupo de asalto armado con fusiles de alto poder que lo esperaba en el cruce de Eje Central y Nigromante. Ahí colocaron una barricada para que bajara la velocidad y poder disparar sobre los ocupantes. El chofer, que conducía el vehículo a más de 150 kilómetros por hora quiso evitar el cerco y la unidad se volcó. Sin dar tiempo a nada, el grupo de élite disparó sobre los ocupantes a pesar de que estaban heridos. Miguel soleado-640x375alcanzó a arrastrarse fuera del vehículo convertido en chatarra. Su rostro pintado de sangre le impedía ver qué sucedía. Recibió aún varios disparos más. Cuando la banda fue acribillada y las ráfagas por fin cesaron, Miguel quedó tendido sobre el asfalto caliente sintiendo cómo la vida se le escurría fuera del cuerpo, y para que sus últimos instantes fueran menos angustiosos, su cerebro le regaló una ilusión, una especie de sueño para que la muerte le fuera grata. Bajo el cielo azul de un domingo soleado, su último sueño fue que su familia se ponía feliz al recibir la casa que él había imaginado regalarles con la parte del dinero que obtendría con el asalto al camión de valores.

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