¿Y CÓMO FUE QUE YO ACABÉ AQUÍ?

Cada quien su porno.


Cuando yo era un chamaquito estúpido y calenturiento (no podría precisar si era estúpido a causa de ser tan caliente, o si era caliente por ser tan estúpido) ver porno era mi mayor fascinación, mi happy time, lo que le daba sentido a mi existencia, pero acceder a ello no era nada fácil.

Y es que para ver porno primero tenías que conseguirlo, y ahí comenzaban los problemas, porque antes de las PC y el internet el asunto del porno era completamente análogo, es decir, tenías que obtenerlo físicamente, y eso quería decir comprar, robar, o conseguir prestada una mugrosa y desgastada revista impresa en 1974.revista-caballero-2749-MLM3531787064_122012-F

Los que tenían un papá adicto al porno, como yo, la teníamos menos difícil, porque no tenías que  batallar mucho para conseguirlo, sólo había que buscar las revistas Playboy gringas que tu santo padre consiguió quién sabe cómo, quién sabe dónde. Yo me volví bastante hábil en buscar cosas, y debo que aceptar que aunque hay muchos lugares donde se pueden esconder unas revistas, estos no son infinitos y de pronto padre e hijo comparten la misma pornografía y fantasean con las mismas mujeres… ¡Qué bonito!

En mi santo hogar también había “porno” mexicano, como la revista “Caballero” (la versión chafa del Playboy), “Él” (que era como el Selecciones, pero con chichis) y Lui, que era lo mismo, pero más chafa.

Y creo que mi papá hacía bien su trabajo de esconder su pornografía de mí, pero al mismo tiempo creo que él deseaba que yo la encontrara y me aficionara a ella, porque así podría tener la seguridad de que a su hijo le gustaban las mujeres.

revista-caballero-D_NQ_NP_2801-MLM3534409987_122012-FPero uno se aburre de ver a las mismas güeras (y más después de 700 veces) y no sabes cómo insinuarle a tu papá que ya es tiempo de comprar más Playboy, y que no se debe estancar ahí, sino evolucionar, porque habían surgido cosas más fuertes, como el Hustler, que sí enseñaba panochas y que era más efectiva porque uno alcanzaba el “objetivo” en menos tiempo.

Por cierto, gracias al Hustler descubrí que las vaginas son como los senos: pueden ser de formas, tamaños y colores muuuuy diferentes. Noté también que mi cuerpo reaccionaba diferente ante una vagina de color rosa pálido, virginal y de tamaño recatado, a otra de tamaño extra jumbo, descarada, desbordada y muy carnosa. Así fue como aprendí a preferir las segundas. Más adelante descubrí que una vagina virginal suficientemente “estimulada” puede transformarse poco a poco en una que no pueda ocular su gusto por el sexo salvaje.

Así que… ¿Qué iba a hacer uno para adquirir material nuevo? Pues cambiar las revistas de nuestros padres con nuestros compañeritos de la primaria (¡Saludos, colegio Benito Juárez!). Obvio. Y así fue como un día, gracias a nuestra actitud sospechosa y las niñas chismosas, fuimos descubiertos por las maestras con los portafolios retacados de porno. Yo, hay que decirlo, llevaba cosas más bien inocentes (gracias a la fresés de mi padre), pero mi amigo Víctor (que yo creo que sus papás eran swingers) llevaba porno europeo del grueso, lo más fuerte que yo había visto nunca. Con semen y toda la cosa. Y pues se hizo un escándalo, las maestras mandaron llamar a nuestros papás… y al final, todos los implicados nos ganamos una santa cueriza por parte de nuestros cachondos pero avergonzados  padres.

Sin embargo, a todo muchacho le llega el momento en que debe conseguir su propia pornografía, y cuando yo tenía unos 14 años supe que en la Zona Rosa había un viejito boleador de zapatos que vendía porno explícito. Uno llegaba y si el señor estaba atendiendo a un cliente, pues se tenía que esperar. Al fin, uno se atrevía a preguntar por la “mercancía” y el buen hombre levantaba un tapetito de hule para descubrir el tesoro: varias revistuchas piratas tomadas del porno europeo, sí, pero impresas en blanco y negro y con diálogos en español, obvio, porque eran como fotonovelas en las que “alguien” se había tomado la molestia de inventar los diálogos (no creo que el impresor supiera alemán ¿verdad?) y le ponían cosas no solo vulgares, sino absurdas. Recuerdo una imagen donde a una chica le están haciendo una doble penetración y ella decía: “¡Oh, oh, oh, cuidado chicos, que me van a dejar lisiada para siempre¡” (¡¡¿¿WTF??!!).

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En la secundaria, le robé a mi abuelita dinero para comprar la primera edición mexicana del Playboy, que tenía en ese primer número a Elizabeth Aguilar (una vieja buenona impulsada por Televisa que no tenía ningún talento). A partir de ahí esa revista se convirtió en el TVyNovelas de las “estrellas” desesperadas, porque todas las portadas estaban dedicadas al atractivo visual de Televisa. O sea, nomás de ver a Yuri se te aguadaban las ganas.

Y pasaron los años, llegué a la universidad y el maldito internet seguía sin aparecer. Por eso me volví un experto en comprar porno usado, más barato, sí, pero de venta en los puestuchos de revistas viejas, y para colmo no en todos. En el Metro Xola había un auténtico tesoro para los conocedores donde se podían conseguir cosas muy buenas. Para entonces era yo más adicto al porno que el padre Maciel y me gustaba co51KIZ-f8H0Lmprar una revista llamada Nugget, que era de lo más fuertecito que había en 1993.

Y también estaban las pelis piratas en VHS, de las que aprendí que los tepiteños no tienen palabra de honor y te podían vender “Horny bitches III” para descubrir en mi casa (con los pantalones hasta las rodillas) que en realidad había comprado “The Goonies” y yo me esforzaba en encontrar “algo” que me inspirara (no me iba a quedar con las ganas ¿verdad?).

Pero un feliz día llegó el internet. Y fue… Para que ustedes se den una idea: ese día fue para mí lo que sería para un cristiano el regreso de Jesús. Así, no exagero. La diferencia es que nosotros ya estamos en la tierra prometida y los cristianos siguen esperando que Yisus regrese a que los del PRI lo crucifiquen nuevamente.

Sí, sí, sí, ya sé que el internet en el inicio del nuevo milenio era patético y que las fotos XXX bajaban en cámara lenta, pixel por pixel, pero ESO era mejor que las revistuchas de la Zona Rosa… Y luego llegaron los videos y poco después XVIDEOS y desde entonces soy muy feliz.

Sean felices ustedes también: ¡Viva el porno!

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2 comentarios sobre “¿Y CÓMO FUE QUE YO ACABÉ AQUÍ?

    1. “Jajajaja, o peor aún cuando el único “material” era la revista “Ser padres” llena de mujeres embarazadas o lactando bebés”.
      Mis primos de Oaxaca usaban el Vanidades. JAJAJAJAJAJAJAJAJA.

      Me gusta

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