N I Ñ A S


Somos adolescentes. Tenemos curiosidad, calor en el cuerpo, y también nos tenemos a nosotras. No sé por qué me gustas tanto. No eres bonita, tampoco fea, eres casi transparente de tan sencilla, pero hay en ti una fuerza que me jala hacia tus labios, y adivino que compartes mi apetito por mujer. Te invito a pasar el fin de semana a la casa de campo de mis padres. No te digo a qué. Aceptas. Me sorprende que sea tan fácil y me pregunto si me estaré engañando pues no encuentro pizca de malicia en tus ojos negros.

En espera de que la cita se cumpla, paso buena parte de mis noches repitiendo la pequeña ruta de mi oculto placer, y con la imaginación, mis dedos son tus dedos, tu lengua, tus labios, tu alma. Cómo te deseo. La G se vuelve punto de fuga que en deliciosa caída me sumerge en mi placer y aterrizo en mi cuerpo mientras mi respiración regresa a al ritmo habitual, pero he aprendido el camino y voy por otro sueño en el que tú estás a mi disposición otra vez.

Subes a mi auto con naturalidad. Guardas silencio durante el trayecto. Luego de una vereda vecinal entramos en la propiedad. Al fondo, entre el bosque, está la casa. Dices que te gusta, pero creo que te da lo mismo dónde suceda. Recorres habitaciones, escaleras, salones y pasillos con las manos atrás, como viendo un museo. Te detienes un instante frente a la cama matrimonial para luego continuar. No preguntas dónde vas a dormir. Salimos al campo. Conversamos un poco viendo cómo ejercitan a los caballos. Miras el agua serena de la alberca y metes tu manita,  te propongo nadar. Sales del vestidor en traje de baño. Ya tienes cuerpo de mujer. Caminas hacia mí con soltura mientras el agua desgaja tu reflejo. Momento eterno saturado de silencio. Extiendes la toalla sobre el césped y te vuelves sirena. Cuando regresas, tu cuerpo escurre. Te secas el cabello frente a mí y veo tu pubis y tus nalgas enamorando al traje de baño. Aún falta mucho para que la casa se quede sola ¿Por qué tú estás tan tranquila? ¿No ves que quiero arrancarte la ropa para lamer tu piel?  Tú, miras el cielo.

Comemos en la cocina y maravillada te veo. No puedo creer que ya estés aquí. Sonríes, estás contenta.

Comienza ya a llegar nuestra hora. Tú también la esperas porque observas el adiós solar entre los pinos. Viene el mayoral hasta donde nosotras estamos a despedirse. Vemos a los trabajadores alejándose por el camino. Sus casas están lejos y deben aprovechar la última luz. Estamos solas. Me miras. Quiero besarte. Te levantas y me ayudas. Nos encaminamos hacia la casa.

Subimos al cuarto. Entras primero, yo me quedo en el marco de la puerta, viéndote. Te paras en el centro de la habitación iluminada por el atardecer. Otra vez te pones las manos en la espalda. Eres una niña buena parada frente a un pastel. Muy lentamente me acerco, quiero que este momento se fije en mi memoria. Mi rostro blanco está a unos centímetros de tu rostro moreno. Cierras los ojos y entre abres los labios, tu respiración es profunda. Yo, mujer de 17 años, te beso a ti, mujer de 15. Un leve estremecimiento tuyo se coordina con el primer y levísimo contacto de nuestras bocas. Voy descubriendo que sabes besar. Tu saliva me gusta. Me compartes tu lengua, te alimento con la mía. Siento tus manos subiendo sobre mi espalda. Nos besamos sujetándonos con fuerza para que la otra no escape. Te devoro sin mutilarte. Me dejo comer. Liberas mis senos. Eres un bebé que se pega a ellos. Me pierdes el respeto. Me muerdes. Con tus dientecitos sujetas mi pezón y lo estiras un poco. Me arqueo ofreciéndotelos. Ahora, el otro. Mezo tu cabello viéndote. Tu mano va a mi muslo y sube. Me acaricias disfrutando la forma de mi pubis aunada a la textura del algodón. Contraataco. Intento succionar sangre por tu cuello. Miro cómo te subo la falda y cómo tú lo permites. Me arrodillo para pedir el milagro de tus nalgas frescas brotando ante mí. Beso, chupo, ensalivo, lamo, lengüeteo tu piel de niña. Mi lengua es un pene vivo en busca de sabores ocultos. Tus partes más escondidas no conocen el pudor.

Te me rindes como un cachorro y te acomodas en la cama. Es una trampa. Me tiras y quedas arriba. Me sacas los pantalones. Confío en la belleza de mi cuerpo. Haces a un lado mi ropa interior, separas mi vello púbico con tu lengua y vuelves verdad mis fantasías. Abro los ojos y veo tu sexo al alcance de mi boca. El placer es cíclico. Nos volvemos infinitas. Mientras lo hacemos imagino que soy un espejo y nos contemplo de lejos mezclando el placer estético y el carnal. Qué bonitas somos las mujeres cuando hacemos el amor. La imagen se repite hacia su interior fugándose en el infinito y reverberando en mi sexo. Aprisiono tu cabecita entre mis muslos. Mi vagina grita a través de mi boca. Ya llega. Es tan fuerte que lastima. Bendito dolor. Regresa el placer en oleadas que se van calmando y desciendo en mí. Ella sonríe limpiándose la boca con el dorso de su mano. Estoy llorando. Me abraza y ríe. La abrazo. Acaricio su cabello. Estoy enamorada. Abajo suena el reloj, apenas son las ocho de la noche.


Por: April Brook – Colaboradora desde N.Y.

Primera colabioradora extranjera de Innuendo. Buienvenida April. Con gusto seguiremos publicando tus relatos.

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