ES MALA

Sucedió hace 25 años, o quizá un poco más. Desde que entramos a la universidad, mi amigo Sergio había estado buscando a dónde mudarse. Yo tampoco quería vivir ya con mis papás y estábamos en la onda de encontrar un depa y compartir los gastos. Sólo había un problema: casi no teníamos dinero para rentar un lugar decente.

Pero un día Sergio entró muy misterioso a la clase de Literatura Dramática Comparada, se sentó junto a mí y me susurró: Ya encontré donde vivir, es una renta regalada.

La profesora Stein era muy estricta y al notar yo que nos miraba con sus diminutos y malévolos ojillos azules, opté por no preguntar nada más y guardar silencio.

–¿Cuánto? inquirí apenas estuvimos en el pasillo.

–Mil. Mil pesos, neta. Quinientos tú y quinientos yo.

–¡NO! ¿En serio?… ¡¿Dónde?! Esto sí me preocupaba, porque no quería irme a vivir a Coacalco o un lugar peor.

–En la Roma, wey. Campeche 175.

–Seguro es un cuartucho de azotea.

–¡No, no, no! Es una casa. Una señora casa. Cuatro recámaras, jardín, azotea, sótano; toda nuestra por mil pesos. Pero nos la van a ganar si no vamos ahorita.

Salimos corriendo a verla. Sonaba imposible.

Pero sí era posible, aunque no todo era miel sobre hojuelas. La casa se estaba cayendo de vieja. Humedad, escaleras crujientes, puertas sin chapas, tubos goteantes, antiguos remiendos por todas partes, no había ni teléfono, ni electricidad, ni calentador de agua. Y aún así seguía siendo una ganga. Una casa que hasta tenía un pórtico con escaloncitos al frente. Fuimos a hablar con la dueña, que tenía su propia casa en el mismo terreno, pero al frente.

07

Sergio me contó que la casa en renta fue construida al centro de un terreno muy grande. Muchos años después se construyó una casita para la hija de los señores Oropesa, los dueños originales. La nueva casa quedó al frente, con barda y fachada hacia la calle y por lo tanto, nuestra casa estaba detrás, escondida de todos.

Tocamos la puerta de la casita. Una señora más bien tétrica nos abrió. Tendría unos 50 años, muy delgada y en abierta decadencia. Tenía el cabello todo recogido en un chongo que parecía una patética palmera descolorida. Fumaba e iba vestida a las dos de la tarde con bata y pantuflas. Los gatos salieron y se enroscaron en sus tobillos, tan pálidos y descarnados que parecían los de una osamenta. Esta casa es una madriguera, pensé. Había platos con comida para gatos a la entrada, la alfombra estaba cubierta por una segunda alfombra de pelos felinos, había abundante polvo sobre las porcelanas de las vitrinas y un ligero pero constante olor a podredumbre. La señora se sentó en su sillón, le bajó a la televisión y nos ratificó el precio: mil pesos al mes. Nos dijo que ella era muy respetuosa de la vida ajena y que si no hacíamos ruido ni desmanes, prácticamente podíamos hacer lo que nos viniera en gana, incluso llevar más inquilinos. Pero sobre todo se mostró muy interesada en las reparaciones que planeábamos hacer, porque Sergio y yo estábamos dispuestos a meterle dinero y trabajo duro. La señora se veía contenta, incluso entusiasmada o algo así.

Dos días después metí mi Rambler modelo 1975 y lo estacioné en el jardín, junto a nuestra casa. Lo había retacado con mis cosas y lo que alcancé a robarme de casa de mis papás. No pude hacer una salida digna. Cuando mi mamá se enteró que planeaba mudarme, me corrió. Quizá después podría convencerla de que me diera los muebles que dejé en mi recámara.

Bajé del coche con una brazada de libros y casi para llegar a la puerta, de pronto, vi una señora sentada en el último peldaño ¿Ya estaba ahí cuando llegué?…  No le vi el rostro, lo tenía cubierto con un chal oscuro. No se por qué sentí tanto miedo. “Esa señora es el diablo” pensé y entré sin saludarla.

Rápidamente dejé los libros en la sala y al salir por más. La anciana ya no estaba. Me asusté por que yo la vi tan viejita que parecía que podían dejarla ahí hasta la noche. ¿Dónde estaba? En el jardín no, y no podría haber llegado tan aprisa a la casa de enfrente. Me quedé parado hasta que mi corazón se calmó. Saqué más libros del carro y al entrar alcancé a ver, lo juro, a la viejita caminando por el pasillo de arriba hacia la primera recámara. Escuché que abrió la puerta, entró, y la cerró con fuerza. Dejé caer los libros y salí corriendo. Me quedé afuera, de pie sobre la hierba seca, sudando, hasta que me calmé. Esto no está sucediendo, me dije. Decidí entrar y revisar la última recámara, que es donde se encerró. Subí la escalera muy despacio. Rechinaba toda. Caminé por el pasillo hasta el fondo y cuando iba a entrar, la puerta se abrió de golpe; yo grité: ¡Ay, cabrón!. Era Sergio. Ya tenía un buen rato en la casa y se estaba instalando en la recámara más grande.

–Te la gané– me dijo –Yo llegué desde las nueve.

Me asomé. Estaba una colchoneta, muchos libros amarrados, cajas, pero no estaba la vieja maldita. Nunca me había pasado algo así. Y yo pensé Si Sergio se quiere quedar con el cuarto embrujado, allá él”.

No, quédatelo, a mí me gustó el que está junto al baño le dije.

–Revisé toda la casa y no encontré a la anciana. Sólo me faltaba el sótano. Empujé la puerta con el pie. Estaba oscuro. Absolutamente oscuro. ¡Que vaya Sergio!, pensé. Le dije que bajara a checar la luz. Bajó con una lamparita que daba una luz anaranjada por que ya no tenía pilas. Acompáñame, dijo cuando vio cómo estaba el sótano. Le conteste ¡Ni loco!. Me miró burlonamente y bajó él solo. Mientras tanto, fui a al primer apagador que encontré en la sala y lo accioné a ver si ya teníamos luz, cuando de pronto escuché que Sergio gritó, y mágicamente apareció en la sala, pálido. Su corazón se escuchaba a un metro de distancia.

13

–¡Algo me jaló!

–¡¿Qué?!

–¡No sé, no vi! Estaba muy oscuro. Me jaló la mano, me jaló.

–¿Para dónde?

–Para abajo. Pensé que no había nadie y de pronto me jalaron, casi me tiran. Yo no regreso ahí abajo yo solo.

–Bueno, vamos los dos ¿Y la lámpara?– le pregunté

–No sé Se me cayó. Ve tú solo, yo no me atrevo.

A tientas bajé los escalones en completa oscuridad, casi cayéndome por que mi cuerpo comenzaba a temblar sin control. La lámpara estaba allá abajo, iluminando el piso polvoso, pero de pronto vi que también iluminaba un par de zapatos para mujer que estaban uno a lado del otro. Pero no eran los zapatos de la anciana. Éstos eran rojos y de tacón alto Y repentinamente los zapatos se arrastraron un pasito hacia atrás, quedando fuera del círculo de luz. Sentí claramente cómo los vellitos de mis brazos se erizaron en un segundo y creí que podría comenzar a llorar del terror. Estuve apunto de entrar en pánico, pero me agaché, tomé la lámpara y hasta entones corrí.

–¿Había alguien?– me preguntó Sergio cuando subí en plena crisis de pánico.

No le contesté. No podía ni hablar. Estaba aterrado. Me acosté en el piso para calmarme y pensar qué hacer. Tomé una decisión. Comencé a juntar mis cosas para largarme. Me tenía que largar de ahí. Sergio me sujetó de los hombros para detenerme. Comencé a llorar. No suelo llorar, pero esa vez no pude más. Después de un rato, sentados sobre la hierba platicamos sobre el asunto. En realidad no teníamos pruebas de que hubiera un fantasma. Nos fuimos calmando. Por otro lado no podía regresar a mi casa; no tenía dinero para irme a otro lugar, vaya, no podría ni pagar la gasolina para llevar mis cosas de vuelta. Era ésa casa o nada.

Afortunadamente, Sergio sí tenía algo ahorrado. Salimos a comprar una buena lámpara, fusibles de los antiguos, cable y cosas como esas. Para las seis de la tarde ya teníamos la luz en casi toda la casa, sobre todo en el sótano, donde no encontramos a la viejita ni sus zapatos, sólo toneladas de triques polvosos que ya iríamos botando. Así pasó una semana y luego otra. Poco a poco iba construyendo mi rutina: bañarme con agua helada, cocinar con parrilla eléctrica, sin televisión, ni refrigerador, ni muebles. Pero bien, íbamos sobreviviendo.

Un mes después yo ya estaba publicando en un par de revistas más para conseguir dinero para la casa. La señora de los gatos no desperdiciaba ninguna oportunidad para preguntarnos por  nuestros avances y lo mejor es no habíamos visto ni oído nada extraño. Un mes después ya nos reíamos  del asunto, pensábamos que ya había pasado todo. Error. Apenas comenzaba. Las sombras simplemente se habían mantenido ocultas, a la espera.

Una noche, como a las dos de la mañana, estaba yo escribiendo en mi cuarto cuando escuché ruidos. Me quedé quieto. Poco a poco fui subiendo la vista hasta  el techo. Eran pasos y venían de la azotea. No había forma de subir a la azotea, de hecho ni la conocíamos. Más pasos. Y voces. No eran pasos de una viejita, como los del primer día, eran como niños jugando. Niños corriendo en la azotea. Quizá eran de la casa de junto. Me asomé. Estaba todo apagado y silencioso. Sacando más de medio cuerpo traté de ver lo que pasaba encima. Escuché claramente al menos a dos niñas que jugaban en nuestra azotea. ¿Era posible? Luego las voces cesaron repentinamente. Mientras trataba de ver más, sentí una mano fría en mi píe. Casi me caigo. Era Sergio. Estaba tan pálido que no pude enojarme con él.

–¿Las escuchaste?– me preguntó.

–Sí.

–¿Qué hacemos?

Suspiré dándome valor antes de contestar: Hay que subir.

Encontramos una escalera muy vieja en el patio. Bastaría para llegar, si no se rompía. Sergio se ofreció a subir, pero a medio camino se escucharon de nuevo las vocecitas y sin pensarlo comenzó a bajar.

–Ve tú, yo no puedo.

Yo tampoco quería. Comencé a subir peldaño por peldaño mientras era el turno de mi amigo de sostener la escalera. Las voces eran clarísimas. Cuando al fin llegué, el lugar estaba solo y en silencio. El tinaco se estaba llenando, sólo eso se escuchaba.

–No hay nadie– le grité a Sergio desde arriba.

–A lo mejor fue de otra casa, ya bájate.

No era de otra casa por que todas estaban apagadas y en silencio, pero quisimos creer eso. Comencé a bajar, esta vez con mayor cuidado. Cuando pasé a lado de la ventana sentí una mirada. Alguien estaba adentro. Me quedé paralizado sin atreverme a mirar. Pero quería hacerlo. La tentación de girar la cabeza y saber si mi intuición era acertada me pareció cada vez mayor. Poco a poco, despacio, como para darme apenas una idea de lo que había adentro, comencé a girar. Sentía los latidos de mi corazón como puñetazos. Al fin miré. No había nada raro en el pasillo. Oscuro. Casi al terminar de bajar dije, como para darme ánimos Pues arriba no hay nadie.

10

–Por que están abajo Ya entraron– balbuceó Sergio a punto del desmayo.

–¿Quiénes?–  pregunté.

–Las niñas ¡Óyelas!

Sus risas eran claras. En un arranque de coraje, o de estupidez, entré para sorprenderlas. Ya no se oía nada. Sergio entró poco después. Nos quedamos en el centro de la sala, escuchando. Nada. Así pasamos un rato. Nada. No queríamos subir. Pero ya no tenía caso mantenernos despiertos.

–Son casi las tres de la mañana, vamos a dormir–, dije.

Apagamos todo y subimos. Nos quedamos platicando un rato en mi recámara, tratando de entender. ¿Estábamos en peligro o qué? ¿Se podía vivir con todo aquello, debíamos irnos o llamar a un brujo, o qué?

Estábamos desvelándonos hablando ya puras tonterías cuando abajo oímos a las niñas que comenzaron a jugar con las palmas de las manos mientras cantaban. Simplemente eran unas niñas jugando. El problema es que no era posible. Sergio y yo nos miramos con los ojos muy abiertos. Repentinamente todo quedó muy oscuro.

¡¡¡AAAHHH!!!! gimió Sergio cuando se fue la luz.

En la oscuridad total las voces de las niñas se hicieron más claras que nunca, como si estuvieran a lado nuestro. Eran dos. Una grandecita, como de ocho años y otra chiquita, como de cuatro. La grande le enseñaba el juego a la menor.

Sentí la mano fría de Sergio sobre la cara.

–Aquí estoy, tarado– Le dije.

–¡¿Qué está pasando?!– preguntó muy asustado, casi como un niño a punto de entrar en pánico.

Se fue la luz.

Abajo continuaban los cantos. Encontré la lámpara y salí de la habitación. Sergio no quiso quedarse solo. La luz que nos daba la lámpara hacía que la casa se viera espantosa. Yo iba adelante, iluminando los escalones mientras bajábamos. Estaba dispuesto a enfrentar por fin a las famosas niñas. Sergio venía detrás de mí, aferrándose al barandal como si temiera que alguien lo empujase desde atrás. Las voces venían de la cocina. Repentinamente se escuchó un estruendo que nos hizo brincar. Eso sí no eran fantasmas. Se había caído algo pesado en la cocina. La niña grande le gritó a la chiquita ¡Tonta, mira lo que hiciste!. Debido al sobresalto solté la lámpara que comenzó a caer por los escalones hasta que se descompuso y llegó apagada al pie de la escalera, dejándonos en completa negrura.

Las niñas se quedaron calladas un instante antes de huir de la cocina. Escuchamos sus pasos en la sala y luego subieron a toda prisa por la escalera, donde estábamos nosotros. Sus pasos sonaron en el pasillo y luego nada. Regresó la luz. Al fin llegamos a la cocina. Una de las latas de pintura blanca que habíamos comprado se cayó al piso y la pintura estaba desparramada por todas partes. En mitad del charco vimos las pisadas de unos zapatos chiquitos y huellitas que salían de la cocina, pasaban por la sala y subían hacia las habitaciones. En el pasillo de arriba, las huellas de pintura terminaban en el lugar donde dejamos de escucharlas.

–¡Pasaron sobre nosotros y… no las vimos!  Gimió Sergio. Y enloqueció.

01

Comenzó a gritar incoherencias sobre que el demonio nos iba a matar,  repitiéndolas sin poder detenerse. Estaba en plena crisis nerviosa. Poco después se puso agresivo conmigo y trató de pegarme. Repentinamente salió corriendo de la casa y fue a aporrear la puerta de la señora que nos rentaba. Cuando por fin la pobre mujer abrió, Sergio se le fue encima.

–¡La casa que nos rentó está llena de fantasmas!– le gritó furioso.

La señora se derrumbó en su sillón.

–¡Ay, joven, para qué le voy a mentir, pues sí! ¿Quiénes se les han aparecido?

–El primer día vimos a la vieja del chal le respondí.

Respétela, joven; era mi mamacita… Pobrecita,  no se ha querido despedir de su casa; se le aparece a todos los que entran, pero ella no hace nada.

–¡Y hoy dos niñas andaban brincando por toda la casa y nos tiraron un bote de pintura!– me quejé.

Ah, sí, ellas son Teresa y Elvira. Eran. Fue hace mucho tiempo Cuando mi mamacita falleció, le rente la casa a Rosaura, una señora que llegó en la noche con sus hijitas, así, sin maletas ni nada. Pobrecitas. Es que el marido les pegaba y ella lo dejó; se vino desde Veracruz a trabajar en el negocio de su hermano, y aquí estuvieron dos unos años, hasta que el marido las encontró. Una noche entró como a las dos de la mañana y las halló a las tres dormidas en la misma cama, y ahí las mató con la pistola; desde entonces las dos se aparecen. Ya no sé qué hacer para que me dejen en paz; no son maldosas niñas, no, pero son muy traviesas, todo rompen, y son muy desveladas

–Usted sabía y de todas formas nos rentó la casa… ¡Usted sabía!– Le reclamó Sergio francamente enojado.

–Por eso les cobro poquito Las niñas no son malas, es cosa de acostumbrarse.

–¿Y la señora del chal?– quise saber

–Mi mamacita, bueno Sucede que es su casa y le costó tanto trabajo comprarla que ahora no la quiere dejar; pero ella nomás se aparece muy de vez en cuando, y ya ve, ni ruido hace.

Sergio y yo nos miramos. Sí que era cínica. Le dijimos que no ya no queríamos su casa y todavía nos dijo:

–Ay, muchachos, pues hacen bien, porque todavía faltaba que conocieran a doña Rosaura, la mamá de las niñas; ella sí se volvió mala, ella no busca quien se la hizo, sino quién se la pague… ¿No se le apareció, así en pleno día, al pobre muchacho que me ayudaba en el jardín y se le echó encima a mordidas y hasta la nariz le arrancó?

Nos largamos en cuanto amaneció. Yo regresé unos días después. Le pedí a mi mamá que me acompañara por lo que había dejado; sobre todo necesitaba mi máquina de escribir. Encontré mis libros regados por el cuarto y todas las hojas que había escrito estaban hechas trizas. Saqué todo en menos de 10 minutos. Sergio nunca regresó por sus cosas, es más, muchos años después ni siquiera se atreve a acercarse a esa calle.

Yo sí. Una vez, no hace tanto, pasé por ahí. Campeche 175. Y me sorprendió no ver ya ninguna casa. Actualmente hay un condominio, nuevo, pero desolado. Le pregunté a la señora de la tiendita y me contestó que una constructora compró el terreno y que el edificio lo terminaron hace como diez años, pero que no habían podido vender ni un departamento.

–En 10 años no han podido vender nada, fíjese joven, qué raro ¿por qué será?

 

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